¿qué dicen mis viejxs?
Cuando ven la bicicleta salen
a comprar el Chance
Paula Salgado Muñoz
En Suba, la localidad más poblada de Bogotá, hay un barrio llamado Miramar. Si lo buscamos en el mapa solo aparecen los barrios aledaños, los parques principales y las vías que se conectan en él, pero no aparece realmente. Tampoco está señalada la casa de doña Olga, ¿y por qué? porque los mapas, aunque dicen muchas cosas, no nos muestran lo esencial, lo que se manifiesta en la cotidianidad, no están los vecinos ni las vecinas que habitan con nosotros y nosotras un espacio.
Doña Olga es una vendedora ambulante, que vive en el barrio Miramar desde hace 10 años. Su casa es de tres pisos, con fachada verde y un corredor al lado izquierdo para entrar. Cuando la compró con sus ahorros, hacía falta colocarle más tejas porque no eran suficientes las que tenía, pero, poco a poco la fue remodelando con préstamos y ahorros, porque doña Olga siempre ha sido muy ahorradora. Así como en mi casa, en la de ella hay un perro, este se llama Transmilenio como esos articulados rojos tan característicos de Bogotá, que no son envidiados en ninguna parte, como tan firmemente cree un ex alcalde.
El día que fuimos a hablar con ella, había llegado una mujer del distrito, con una chaqueta y el lema de gobierno que preguntaba por la casa y las personas que vivían en ella; mostraba preocupación por el crecimiento de la casa sin que doña Olga hubiera dado aviso por los ingresos de más que pudiera estar recibiendo, mientras que, recientemente supimos que hay ex presidentes, ex alcaldes y hasta una vicepresidenta evadiendo impuestos con propiedades en paraísos fiscales. Pero a ellos, seguramente, nunca les harán este tipo de visitas en sus casas para enlistar sus propiedades.
Hay que mencionar también que doña Olga no es de Bogotá, antes de llegar a la capital vivía en Garagoa-Boyacá, de donde es ella y su familia, allí sus papás en época de festividades acostumbraban a hacer carrozas y disfrazarse mientras uno tocaba la guitarra y otro la guacharaca. Una vez llegó a Bogotá encontró trabajo como cajera administradora en un restaurante de Chapinero y cuatro años después al quedarse sin trabajo, la venta de Chance significó una oportunidad laboral. Fue así como empezó caminando por los barrios aledaños a La Gaitana, donde vivía en arriendo con sus hijos para ese entonces y tras 11 años, por el cansancio de sus pies decidió comprar una bicicleta para poder hacer los mismos recorridos, inicialmente una de pedal y después, cuando fue posible comprarla, una eléctrica.
De los recuerdos que tiene doña Olga por los disfraces y las carrozas que hacían en Garagoa-Boyacá surge la idea de decorar su bicicleta para hacer los recorridos del trabajo. Cada mes tiene una decoración diferente dependiendo de la temática, puede ser del mes de los niños, navidad, el mes de la Virgen del Carmen, o el de amor y amistad, lo que retrata muy bien el paso de los días en una bicicleta que la ha acompañado desde hace nueve años. Dos muñecos hacen parte de la decoración, y aunque la gente piensa que son más, realmente son dos, a los que doña Olga convierte en muchos cada vez que encuentra algo diferente con que vestirlos.

Todos los días su rutina empieza levantándose a preparar el desayuno, el almuerzo, y, de paso, la cena también; practica algo de meditación, técnica vocal y una canción. De su casa sale a la 1:30 de la tarde con la bicicleta, preparada para el recorrido que la espera, pues sabe que solo hasta las 10 de la noche regresará. En su trayecto por los barrios de La Toscana, San Pedro, San Carlos, La Gaitana y hacia los lados de la Cali en sus palabras, las personas que escuchan su radio, distinguen su bicicleta y a su perro “Transmilenio”, quien usualmente la acompaña, salen a comprar el Chance. Este recorrido no la aleja mucho de su casa, lo que le ha permitido estar pendiente en la cotidianidad de sus hijos.
En las calles, para los y las vendedoras ambulantes, entre otras dificultades, se confabulan también los espacios no disponibles para trabajar, los policías, el desalojo, la necesidad de que cada día encuentren la posibilidad de trabajo pues de lo contrario no hay pago, la pandemia e incluso la lluvia. Para esta última, doña Olga va siempre preparada con sus botas, su overol y su petición a Dios para que: “mande el agua para otras partes, porque hay otras partes donde no está lloviendo” y es más importante que reciban agua allá.
El número de vendedores informales en Bogotá, según el Instituto para la Economía Social (IPES), es de 39.620, de los cuales 20.277 son mujeres, representando el 51% de las personas que trabajan como vendedores informales, 19.375 son hombres y 18 intersexuales, además de esto, el 45,1% son mayores de 51 años. Como sabemos, durante el aislamiento por la pandemia, muchas personas no pudieron salir a trabajar, lo cual afectó las cuentas y el sustento diario. Para doña Olga, una mujer que desde el primer día de trabajo con el Chance sabía que este era un trabajo honrado, no hubo excepción el año pasado con las medidas de aislamiento.
El trabajo informal ha representado en muchos casos una oportunidad laboral, tal como le pasó a doña Olga. Según el mismo IPES, muchas de las personas que tienen trabajo informal no buscan obtener un empleo diferente al que tienen, pues saben que no hay muchas opciones y las pocas que hay no cuentan con las condiciones necesarias como para sostenerse en un trabajo del sector privado. Pero ¿Qué pasa cuando los y las vendedoras informales no pueden salir a trabajar un día o incluso varios? ¿Por qué las comisiones por las ventas del Chance han ido disminuyendo a través de los años? ¿Quién les asegura tener una vejez tranquila si el trabajo ha ido perdiendo cada vez más el respaldo del Estado?
A modo de cierre, queda por decir que, esta crónica le pertenece realmente a doña Olga, ya que es su historia personal. Nosotros-nosotras sólo pusimos las letras en un orden alimentado por sus palabras y su propia mirada. Este es un intento por visibilizar su trabajo y dar a conocer la historia de una mujer que sale día a día a vender el Chance en su bicicleta eléctrica, a pesar de la precarización del trabajo y la falta de garantías que tienen los y las vendedoras ambulantes en lugares donde usualmente se les estigmatiza.
Entrevista realizada por Freddy y Paula Salgado Muñoz. Recorrido de acompañamiento a doña Olga Freddy.

La tierra no miente
Por: Hugo Zambrano
- Espéreme porque toca ponerle un sentido a la palabra - De esta forma inició la abuela Blanca Nieves la conversación, tomó su medicina (Ambira) con una cuchara de palo de un frasco que tenía a la mano y empezamos a hablar.
Inicialmente me contó que es hija de la laguna sagrada de Aguas Calientes, la cual, en algún momento fue parte del paisaje de la localidad de Suba. Su familia y su ascendencia habitan este territorio, más o menos, desde el año 1.850, y hereda la tradición Muisca por parte de su mamá. Con un tono algo nostálgico, recuerda el territorio en el que creció, recuerda cómo brotaba el agua caliente de la tierra, los sitios para bañarse, lavar, pescar y compartir con otras personas alrededor del paseo de olla. Mientras escuchaba a la abuela, me hacía una imagen mental de sus recuerdos, pensaba en que, a pesar de habitar toda mi vida esta localidad, siempre la he vivido desde el barrio popular, desde las calles, el comercio, las tiendas y que, seguramente, también sentiría nostalgia de recordar un escenario tan bello. Asimismo, la abuela fue testigo del proceso de urbanización de la localidad, ya que, a partir de los años 60, cuenta ella, empezaron a llegar al sector empresas de cultivo de flores, y que, a través del uso de químicos, fueron deteriorando la laguna y el río. Después de un tiempo ya no se pudo pescar. Vio como llegaban las volquetas llenas de escombro para rellenar y secar el humedal, proceso en el que no solo se seca el agua, sino que además hace evidente qué tan estúpidos podemos llegar a ser los humanos.
Por otro lado, mientras ella crecía, también iba aprendiendo la labor de la medicina tradicional por medio de su abuela, quien, además, era partera y, probablemente, recibió a muchas personas que han habitado la localidad. Le enseñó a identificar y a trabajar con diversas plantas medicinales, a preparar la ambira, una medicina a base de tabaco que hace parte de su cotidianidad - fue como la herencia más hermosa que nos ha dejado - dice la abuela.
Además de aprender sobre medicina tradicional desde su infancia, la abuela, más o menos en la década de los 90, empezó a involucrarse con diversos espacios institucionales de salud existentes en la localidad. Los cuales, estaban orientados hacia la promoción y prevención con jornadas de vacunación, talleres de cuidado y comités de participación comunitaria. Asimismo, a partir del reconocimiento del cabildo Muisca de Suba, a través de la constitución del 91, empieza un trabajo en recuperación de los saberes alrededor de la medicina tradicional de la comunidad y nace la Casita de Sanación. La cual, inicialmente era para la comunidad Muisca, sin embargo, se fue ampliando la demanda y empezaron a atender más personas.

Actualmente la abuela continúa desarrollando sus labores de medicina tradicional en su casa, pero además, apoya a la Secretaría de Salud en la construcción de protocolos y procesos de partos más humanizados. Ya no recibe a los niños, como hacía su abuela materna, pero continúa trabajando, desde su saber ancestral, en recibir vida y en generar las condiciones para que esta se dé en condiciones dignas. Aunque ha recibido a algunos miembros de su familia, dice la abuela que sería algo irresponsable de su parte realizar un parto teniendo el hospital de suba a 5 minutos.
Y sí, comparto esa afirmación con la abuela. Es importante reconocer el valor de lo que se hace, pero también su alcance. Y más allá de quién practique el parto, están las condiciones en las que se va a realizar y la mujer que está en ese proceso. De ahí la importancia del trabajo realizado por la abuela Nieves, de trabajar con las mujeres para identificar signos de alarma, reducir dolores y acompañar con plantas medicinales para que el parto se dé de una manera más amable. Que gran trabajo ¿Cierto?, además, esto permite pensar en una buena oportunidad de diálogo intercultural que se está desarrollando en la localidad, y que no solamente se da, o se puede dar en el campo de la salud, sino que puede permear otros escenarios de convivencia en Suba. Parece que la tradición Muisca aún está presente en nuestras vidas, aunque a veces no la queramos ver. - La tierra no miente - diría la abuela Blanca Nieves.
Por último, y dando cierre a la visita y a la conversación con la abuela, me dio a probar la ambira y me dijo - la medicina va buscando la parte del cuerpo que necesita sanar o limpiar - efectivamente me empezó a doler la parte posterior de la cabeza y se me secó algo la garganta. Tomé agüita y salí pensando en lo que me dijo. Probablemente tengo cosas para sanar, pero también salí con la impresión de que, como sociedad, necesitamos una medicina que nos diga qué debemos arreglar y mejorar.
No hay planta mala sino mal utilizada.
Por: Hugo Zambrano
Llegué unos minutos tarde a la cita que tenía con el abuelo, era a las 2.30 y llegué a las 2:45. Sin embargo, me recibió como si hubiera llegado puntual, me invitó a seguir a su casa de sanación, como él la llama, y me preguntó si iba por una terapia;
- si señor, a eso vine, y a compartir un rato unas palabras con sumercé. Le respondí. Cuando ingresé al espacio que el abuelo ha construido para la sanación, me sentía un poco ansioso, específicamente por la terapia, pero también por el interés de escuchar sus palabras. Las cuales desde mi imaginación, nos permitirían hablar de eso que comúnmente se conoce como medicina tradicional.
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- Quítese toda la ropa y quédese en ropa interior. Me dijo el abuelo. Cuando escuché eso sentí más ansiedad, pues no tenía idea cómo iba a ser la terapia, sin embargo, lo hice… untada la mano, untado el brazo. Me acosté boca abajo en una camilla, y sentí un líquido frío en la espalda, como cuando en la ducha se recibe esa primera gota de agua. El masaje fue fuerte, más en los brazos y en la parte alta de la espalda. Durante el masaje no me atreví a preguntar nada, apenas respiraba para aguantar el dolor. Al finalizar, el abuelo Ignacio me comentó que la crema estaba hecha de algunas plantas, que tenía la intención de relajar y, que los dolores se presentaron por varias cargas acumuladas; trabajo, estrés, preocupaciones, etc. Me vestí pensando en lo que me dijo…
Ya vestidos, tomamos asiento y empezamos a intercambiar palabras. El abuelo me contó que empezó a formarse con la medicina ancestral a los 9 años, recibiendo los saberes de su abuelo materno, quien le enseñó a distinguir y reconocer la importancia de las plantas y sus múltiples usos; dulces, amargas, acuáticas, hervidoras. Asimismo, le enseñó a conocer y a realizar rituales de ofrendas, pagamentos y de sanación. Mientras el abuelo me comentaba esto, me permitía entender la importancia de las plantas en este proceso, y más allá de lo que puedan contener, es la relación que él construye con ellas, es decir, su uso tiene una intención, y esta debe ser expresada al momento de utilizarla… Tal vez una relación de respeto, pensé. Además, me pareció curioso porque normalmente no le atribuimos una intención al uso de una planta, buena o mala, sencillamente la utilizamos, como hacemos con muchas cosas actualmente.
Me contó que el uso de las plantas y su trabajo no solo se reduce a los malestares físicos, entre los que se encuentran: diabetes, tiroides, triglicéridos, tensión alta, problemas renales, próstata, colon, estreñimiento, migraña, brotes, hongos, etc, sino también a eso que se manifiesta a través de las emociones y que muchas veces es difícil comprender. Me dice el abuelo, las personas no solo enferman de su cuerpo si no de su alma, su espíritu. Lo cual muchas veces es producto de múltiples problemas: económicos, familiares, de infancia (maltrato, abuso), etc, y me contaba el abuelo Ignacio, que su forma de trabajar estos malestares, a parte del uso de las plantas, es construyendo un espacio de confianza en el que se puedan desahogar y, mientras escuchaba estas palabras me preguntaba ¿qué está haciendo mal la psicología? ¿Si está logrando construir esos espacios de confianza?, y aún no tengo una respuesta, sin embargo, creo, que una posible solución es ubicarse desde un lugar sin tantas pretensiones y escuchar desde la humildad, tal vez como nos lo enseña el abuelo.
De lo que venía conversando con él, algo me causó curiosidad, el cómo abordar estas situaciones emocionales en las personas. Me contó que antes de trabajar de forma individual se hace un ritual en un lugar llamado el santuario, el cual está ubicado en el parque Mirador de los Nevados, Suba, y alrededor de la abuela, una piedra que es llamada de esa forma, se le pide permiso a los espíritus del territorio para realizar el trabajo. En ese momento pensaba en esas múltiples dimensiones que componen al ser humano, desde lo biológico, psicológico, social y, por qué no, espiritual...algo que no entendemos muy bien y que normalmente asociamos a lo religioso. ¿Será que de verdad le tememos a eso que no conocemos?… puede ser.
Después, el abuelo me mostró una cartilla en la que se ha consignado su saber sobre las plantas, me iba mostrando su imagen y para qué sirve cada una… Sería muy útil que todos tuviéramos algo así en la casa, pensé. Pero también me inquietó el registro y la permanencia de ese saber, ¿Cómo garantizar que ese conocimiento no se pierda?… claro, con aprendices. Actualmente el abuelo cuenta con seis personas que lo acompañan pero además están aprendiendo de su saber. Asimismo, y fue algo que me sorprendió bastante, el abuelo también da clases a estudiantes de medicina de una universidad y trabaja con la Subred Norte de la Secretaría de Salud. Compartimos los saberes con la medicina occidental, dice el abuelo… Y sí, tal vez la medicina occidental tenga avances importantes, pero también tiene retrocesos notables, como la dificultad de conectar desde lo humano con esa persona que tiene un malestar y, tal vez, no solo querer entender un diagnóstico, sino entender a una historia de vida.
Dialogando con el abuelo entendí la importancia de esos espacios, donde pueda haber un diálogo real que tenga como objetivo la vida, más allá de la procedencia del saber o la técnica. Además entendí cuando me dijo: No hay planta mala (o desconocida) sino mal utilizada.


