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NARRATIVA.

EL LLAMADO DE LA TIERRA.

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Por: WILLIAM SALAZAR

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En lo más alto de los Andes, donde el Nudo de los Pastos abre las montañas como brazos que aprietan  al cielo, se levanta el Urcunina, la montaña de fuego grande, guardiana de un pueblo que aprendió a escuchar la voz de la tierra y el susurro de los espíritus. A sus faldas se extendía una aldea sencilla, rodeada de sembradíos de papa y maíz, atravesada por riachuelos que bajaban como venas vivas desde la montaña. Cada amanecer era un canto de colores: el cielo pasaba del morado profundo al naranja brillante, y las nubes rosadas danzaban alrededor del volcán, como ofrendas que nunca se extinguían.

Allí crecían Yerack y Lucero, dos niños traviesos y soñadores. Sus juegos eran perseguidos por mariposas azules y acompañados por el aroma de mote, pan de piso y maíz tostado. Pero bajo su inocencia había un destino oculto. La abuela Raymi, sabia de hierbas y secretos, y el Abuelo Mayor, guardián de la memoria, veían en ellos un resplandor distinto, como si la Pacha Mama les hubiese sembrado un fuego en el alma.

El destino comenzó a revelarse en la fiesta de la cosecha, cuando toda la comunidad agradecía por los frutos recibidos. Los tambores resonaban como el corazón de la tierra, las flautas imitaban el canto del viento y los danzantes, cubiertos con máscaras de cóndores, jaguares y serpientes, llenaban la plaza de misterio. Entonces ocurrió lo imposible,  las máscaras cobraron vida y los ancestros descendieron en túnicas de luz. Un jaguar de fuego rodeó a Yerack y un colibrí dorado revoloteó alrededor de Lucero. En ese instante, el Abuelo Mayor proclamó: “¡Ellos son los elegidos!”.

Desde aquel día, las señales se multiplicaron. El río comenzó a hablarles con voz de tambor profundo, el cielo se oscurecía en medio de las fiestas, y en sus sueños, Yerack volaba en el lomo del jaguar ardiente,  mientras Lucero ascendía con alas de colibrí. La tejedora Quilla, que hilaba con hilos de luna, les mostró tapices que narraban la profecía: “Un niño con alas verdes y una niña de luz estelar unirán lo que estuvo separado,  el cielo y la tierra”.

Finalmente, el Abuelo Mayor los condujo al lugar más sagrado: a  la Laguna de Urcunina, espejo verde oculto entre frailejones y rocas antiguas. Allí, la montaña respiraba en silencio y los cóndores giraban como centinelas del destino. “Aquí se cumplirá la prueba , dijo el abuelo, no con fuerza, sino con alma”.

 

Yerack y Lucero se sumergieron en las aguas cristalinas. Entonces entraron en un mundo de constelaciones vivientes, donde el jaguar y el colibrí les hablaron: “Han sido elegidos para unir lo humano con lo sagrado”. Yerack recibió la fuerza de la selva y las alas verdes del jaguar; Lucero fue envuelta por la luz del colibrí dorado y el brillo de las estrellas.

Cuando emergieron, la comunidad los vio resplandecer como guardianes eternos. El abuelo levantó su bastón de mando y, con lágrimas en los ojos, proclamó: “¡El nuevo ciclo ha comenzado, nuestros guardianes vuelan para siempre!”. Los cóndores giraron en lo alto, los perros aullaron como si pudieran cantar y el volcán lanzó un suspiro blanco de bendición.

Desde entonces, cada vez que aparece un colibrí dorado en los cultivos o un jaguar de fuego en los sueños, los ancianos dicen a los niños: “Es Yerack que sonríe, es Lucero que ilumina”. Y bajo la mirada del Urcunina, la montaña de fuego grande, la comunidad recuerda que la Pachamama habla, que los espíritus caminan con nosotros, y que el verdadero equilibrio se sostiene en la inocencia, el amor y el respeto por la tierra.

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Piernas abiertas.

Por:@Letteringjata

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Las mujeres que se sientan con las piernas abiertas ,  afloran  sensaciones, no le temen a la libertad y tienen confianza con su cuerpo.

Tener la piernas abiertas para los tradicionales es de" mala educación " 

Pero esas mujeres edifican peldaños , dan saltos de fe  y son como un huracán.

Las piernas abiertas despiertan al sexo opuesto y no no lo hacen cualquiera , solo con el que creen que es digno de entrar en su cama.

Las piernas abiertas dan vida a las bajas pasiones , reducen  el miedo y nos devuelven la  igualdad  que durante tantos años nos fue privada.

Las piernas abiertas despierta los más lujuriosos deseos, permiten la entrada de nuevos aires , impiden las concepciones absurdas.

Una mujer con las piernas abiertas es temeraria y sabe lo que quiere y va por él.

Abre los piernas y obtén un lugar donde siempre tuvimos las piernas cerradas.

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Contrapromesa.
 

Por Picadilly Palare

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Querida Esperanza,

Espero que esta carta te encuentre tranquila y que no me lleves con tanto rencor en tu corazón. Sé que te prometí que convenciera a Adrián para que no se fuera al monte y al final, no solo no lo convencí, sino que me vine con él a que nos mataran a los dos. Como ya no tengo nada que perder y, en honor a la verdad, tendré que confirmar tu miedo jamás enunciado, pero siempre obvio: sí, estoy irremediablemente enamorado de ti y por eso ya no amo a mi amigo como solía hacerlo y por eso me vine aquí como un pendejo y por eso no intenté convencerlo de nada a pesar de que ambos sabemos que solo yo hubiera podido retenerlo. Me vine al monte, aunque no tengo ni patria, ni bandera, ni madre, ni dios ni nada. Para mí, no vale la pena morir por ideales, pero podría morir por cualquier persona, por cualquier pobre diablo despreciable lo haría. Vivir, ese es el verdadero reto. Vivir y darte el gusto de llevarte a tu Adrián de vuelta a casa y presentar mi rostro para que me des un buen puñetazo por güevon y mal pana, si así quieres, o para que me castigues con tu fría indiferencia -lo que es más tu estilo- y me lo merezco, así que no te voy a rogar nada, ni siquiera te voy a pedir disculpas. Es más, es un poco tu culpa por confiar en un borracho como yo, pero te entiendo, estabas desesperada y en tiempos extremos, medidas desesperadas.  Así que te hago esta contrapromesa: volveremos los dos vivos. Yo lo voy a llevar a casa. Y ya sé lo que debes estar pensando: "Es cierto eso que dicen: no hay que creer en promesas de borracho y menos si está enamorado". Pero esta vez es una promesa que yo quiero cumplir, no una que me dejo imponer por tu dulce mirada.

Adrián no sabe que te amo, luego le cuentas tú si se te da la gana y de una vez te digo que si le da por cascarme, yo me pienso defender porque no soy manco, pero te lo dejo bonito, como a ti te gustan. Un buen puñetazo bien dado y lo dejo knocked out. Inconsciente, pero bello, quizás hasta más bello: como un ángel dormido. Después despertará, sano y salvo, le harás el amor y vivirán felices por siempre. 

Tal vez es muy mezquino lo que te voy a decir, pero no me importa perder su amistad ni la tuya. La cosa es que si le digo que te amo ahora, el imbécil es capaz de jodernos a todos con sus rabietas y no es la idea porque el reto está en vivir y a mí me gustan los retos.

Se despide Camilo, ese que jamás será tuyo ni de nadie, pero que te quiere por hoy.

Anatomía de un Deshilache.

​

Por: Simón Alvarado.

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Todo comenzó con un hilo.

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No con el adiós final, ni con el silencio por la ausencia de su ser, que se instaló en mi vida como un nuevo mueble, pesado y polvoriento. Realmente, comenzó una mañana, una semana después, cuando descubrí un hilo azul rey asomando en la costura del puño de un saco de lana gris que usó para dormir.

¡Claro!, tenía que ser su color. El azul de la bufanda que usó el primer día que nos vimos, el azul del cielo de aquella tarde en el parque en que decidimos que esto era en serio, y en este caso específico, el azul de la manga de una camisa, que aunque era de varios colores, solo fue este el que logró llegar y removerme. Un azul cobarde, pensé, un azul que se escondía en mi ropa.

Mi primer impulso fue jalar de él. Un acto reflejo, que siempre hacemos con un hilo intruso, como apartar la mano del fuego. Sin embargo, cuando con mis dedos le di dos vueltas y lo tiré, el hilo no se rompió. Cedió, desenredando unos milímetros de la costura, revelando más de su azul profundo y saturado. En lugar de una solución, ahora, había creado un problema más visible.

Ese hilo se convirtió en mi ritual, mi ancla a la locura. Yo, que pregonaba de estar exento de las tragedias del amor romántico, sin tener en cuenta que el dolor de la pérdida es universal, que es justo en esas vulnerabilidades expuestas que mostramos a quienes tienen la cercanía de dejar un hilo en la ropa, lo que fractura el corazón, sea cual sea la relación.

Cada mañana examinaba el hilo. A veces, solo lo miraba, un pequeño trazo de un pasado invasor. Otros días, tiraba de él con una delicadeza de cirujano, como queriendo que se fuera y que se quedara al tiempo. El suéter, mi favorito, comenzó a deshilacharse. El puño izquierdo se convirtió en una maraña de lana gris y una vena azul. 

El hilo era un mapa. Si tiraba lo suficiente, ¿llegaría a los más profundos recuerdos? ¿llegaría al momento exacto en que esa costura entró ahí?. Mis cercanxs me decían, "El tiempo lo cura todo", sin entender que yo ya no vivía en el tiempo, sino en el hilo. Mi presente era un bucle infinito de azul.

Una tarde de lluvia, con el agotamiento al borde de tanto extrañar, decidí tirar sin piedad. Quería destruirlo todo: el hilo, el suéter, el recuerdo. Tiré y tiré, y el azul se desenredaba del gris como una confesión. El hilo se tensó y, finalmente, se rompió.

Se quedó un trozo en mi mano. El suéter estaba arruinado, un amasijo de lana flácida con un agujero que parecía una boca abierta gritando. Miré el suéter deshecho, el pequeño hilo azul en mi palma, y comprendí.

Era su ausencia, pero también mi obsesión por desentrañar cada detalle, por tirar del hilo de los "porqués" hasta deshacer el tejido de mi propia vida. No era el hilo; el hilo era lo que yo me negaba a dejar ir, cortalo no me borró nada de la mente, solo me dio tranquilidad. 

Me levanté del suelo y caminé hacia la cocina, no para prepararme otro café recalentado sin azúcar, sino para buscar las tijeras. Tomé el suéter, ese campo de batalla de lana. Y con un pulso que no sabía que aún poseía, corté el hilo restante que colgaba de la manga. No lo tiré. No lo guardé. Simplemente lo corté y lo boté.

No fue un acto de sanación, sino de cese. El cese de la autopsia. El cese del deshilache. Esa noche dormí sin el suéter por primera vez. Afuera, la ciudad seguía su curso, ajena a mi pequeña guerra. Pero en el silencio de mi habitación, sin el fantasma azul en mi muñeca, el aire se sentía un poco más ligero, casi que respirable. Fue así como supe, con una certeza tranquila y agotada, que al día siguiente no buscaría un hilo del que tirar. Buscaría una aguja. 

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Donde el amor se vuelve clase.

​

Por Nicolas Parra.

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Cada mañana, cuando entro al salón, siento que me adentro en un pequeño universo. Los pupitres parecen planetas dispersos y mis estudiantes, estrellas que aún no saben cuándo brillar. A veces me descubro como un agujero negro, intentando contener energías que desbordan; otras, como un marcador gastado que se borra entre fórmulas y preguntas que parecen no tener respuesta.

Amar la docencia es una paradoja. Soy profesor de Física, pero intento enseñar más allá de ecuaciones y conceptos. Mi verdadero amor está en sembrar preguntas, en abrir grietas en la coraza de mis estudiantes, en incomodarlos con dudas que los hagan pensar diferente. No busco repetir leyes universales, sino acompañarlos a descubrir que ellos mismos son universos en expansión.

Como todo amante, he tenido mis deslices. Hay días en los que la rutina me desgasta, en los que el sistema escolar se siente como un pozo que absorbe mi energía y mi fe. Me he visto apagado, como una estrella que pierde su brillo, como un meteorito que vaga sin rumbo. Entonces me pregunto si este amor es como la gravedad: invisible, constante, inevitable, pero también una carga que me arrastra incluso cuando quiero escapar.

Y sin embargo, siempre hay algo que me devuelve. Una sonrisa inesperada, una pregunta absurda, o el brillo en los ojos de quien logra entender lo imposible. En esos instantes recuerdo que el amor por enseñar no es un idilio perfecto, sino una lucha diaria contra la apatía y el desencanto. Es ahí donde la docencia se revela como lo que realmente es: un acto de amor que insiste en permanecer, aun en medio de las contradicciones.

A veces siento que no avanzo en lo que esperan las instituciones, como si estuviera fuera de sus métricas y sus indicadores. Pero encuentro otro tipo de progreso en la educación popular: en las conciencias que despiertan, en las miradas que cambian, en las dudas que nacen. Aprendí que el amor verdadero no es complaciente; exige, duele, se contradice y, a pesar de todo, permanece.

Y están ellos, los estudiantes que rompen esquemas, los que hacen preguntas que sacuden mi rutina, los que me miran a los ojos y, sin saberlo, me dicen con su confianza que soy buen profe. Ellos me recuerdan que vale la pena seguir, que no todo está perdido. Su reconocimiento no se parece a un diploma ni a una evaluación: es la certeza de que el amor por enseñar tiene rostro, voz y carne.

Aun así, el miedo no desaparece. Temo defraudarlos, no estar a la altura, fracasar en el intento de encender en ellos la llama de la crítica y la libertad. Pero quizá ahí está la esencia de este amor: en reconocer la fragilidad, en aceptar la posibilidad del error y, aun así, atreverse. Porque enseñar, al final, es un acto profundamente humano y revolucionario, un amor que se renueva en cada clase, en cada palabra, en cada silencio que abre un camino nuevo.

NECESITAMOS UN FINAL FELÍZ.



Por: Mauricio H. González Parra.  

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En cada espacio, segmento, incluso en  aquellos considerados vacíos y otorgados en ocasiones a “ la nada”, del universo, existe una historia de amor esperando a ser narrada, expresada, exteriorizada de alguna manera dignamente comunicacional para ser sanada en lo justo de las memorias y almas que le contienen. Ésta, mi historia, también es única en la infinita diversidad de razones del corazón, propuestas por esa noche de viernes cultural en que ella y yo compartimos innumerables instantes copados de amores a cada paso de nuestros andares. Un encuentro fortuito, definitivamente no gratuito para la razón de la razón como diría Jaques Benigne Bossuet, entre el público asistente a un espacio de fuerza, calidez y regocijo barrial, nos acercó al compás en la música de Dj´s, las prácticas circenses de malabares, shows y danzas con fuego, y naturalmente con la compañía de unas polas con humos compartidos entre lxs compas. Ella, ¡Ufff..!,- ¿vamos a la tienda por una pola?, Erich Fromm “Para la mayoría de la gente el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar”. - Dale, a una cuadra de acá. Respondí pensando en que definitivamente las papas que había dejado en remojo unas horas antes podían esperar un poco más. Entramos a la tienda/bebedero, se quiso sentar, puso su morral sobre la mesa y al lado nuestra pola, y entre detalles y recuerdos compartidos la fuimos consumiendo. Luego de un rato ella quería seguir tomando pola y yo ya había agotado mi dinero como su teléfono dentro de su morral la batería No la quise dejar sola, aunque insistía en que no había problema, pero yo sabía que se encontraba lejos de casa, y definitivamente la gente del bar que se acercó a “socializar” me aseguró la corazonada de no dejarla sola. En efecto, al salir el tipo señaló su carro,- ¡yo los llevo!, ¡vamos por pola!, continuaron intentando convencerme de dejarlos solos, me ajusté el cinturón de seguridad. Paramos en un punto, nos bajamos con ella, ella tras de mí dejó su morral dentro del carro, el tipo arrancó sin nosotros dejándonos con las polas en las mano, ella una yo una, ella dejó caer su pola con digna rabia -¡juep%$ mi maleta!, yo, ¡Ufff.., necesitamos un final feliz!. Gestionamos la paciencia mientras caminábamos lentamente a la única posible solución, entonces hablamos, recordamos, reímos, lloramos, conspiramos, descansamos. Despertamos, comimos, conseguí unas polas para el camino a la solución pensada, ¡Ufff..! qué contrariedad, entre la angustia de poder recuperar su alegría genuina en parte en su morral, y el sentirme estúpidamente feliz de estar a su lado compartiendo todo ese tiempo juntos. Alcanzamos antes de la cita con la posibilidad  a ver el juego de fútbol de nuestro equipo favorito, ¡Qué maravilla!, ¡Estúpido, estúpido, enfócate!, una mala racha futbolera, ¡Goool!, qué bien maravilloso, ¡Estúpido!, ¡Dios! Qué atardecer bajo los árboles y a su lado, es hermosa, pilosa, bonita y guapa. ¡Estúpido!, ¡Wow!, Afrodita,  Atenea  !Ufff..!, ¡necesitamos un final feliz, ¡Goool!, todo va bien, ¡Pasen a las 10pm, a ver si llega, más no puedo hacer por ustedes!. Pasó la vida en un viaje psicoactivo complejo y nos dejó a su cuidado dos rosas sin pedir nada a cambio, siguió su camino. ¡Ufff..!, el contacto del tipo al teléfono, mirándonos cuelga, ¡Parce, acaba de fallecer la mamá de un parcero de barra fanática!, ¡Dios!, ¡Condolencias y fortaleza para el compa!, ¡Ufff..!, ahí llegó, y esos manes nos ven raro, - Por favor cuando te la entregue de vuelta mira que no te falte nada. – Sí, todo bien. - ¡ ¿ quieren un trago?, espérenme ya salgo!, ¡vámonos ya, sus justificaciones no coinciden, no demos más papaya!, ¡Ufff..!, aún nos queda pola, - ya es tarde de nuevo, ¿esperas a mañana temprano para salir segura?, - Dale, sí. - ¡Dios! Brindemos por éste final feliz, - Hola, Dide, maravillosos buenos días, atareado fin de semana. – Ya me voy. – Te acompaño hasta donde me lo permitas. – Bueno. – Me alegra  mucho que haya salido todo muy bien, un final feliz. A tu lado, los parques, nuestras emociones, nuestros sentimientos, las dos noches, las polas, tu compañía, tus labios, el atardecer, tu pelo, las rosas y los pétalos, tus manos, tu rostro, tus ojos, el deseo, tan cerca y tan lejos, las lágrimas, tu sonrisa, tu risa, tu carcajada, tu silueta, tus gafas de sol, el abrazo fuerte, tus mejillas, de nuevo tus manos. Quince días después, texteando un - ¡Holi!, nos vemos en, a las 9:30pm, voy en camino. – Dale, sí, voy comprando un par de polas. - ¡Listo! Ya las compré.  - ¡oye!, ya me acosté, jajás. ¡Ufff..!, - Bueno, ya son las 9.44pm, yo fui destapando la pola mientras “llegabas”, no hay lío, yo entiendo. ¡Dios!, ¡Qué estúpido!. Sí, conozco perfectamente éste camino, claro, las razones de la razón,  el guarda de mis ilusiones diciéndome ahora, siempre generoso, sonriente, agradecido - ¡ya es hora!, por favor, lo acompaño a la salida. Y sí, conozco perfectamente, de memoria, éste camino. 

        

Cartas de tusa.

 

Por: Paola Rubio Duran.

 

Querido:

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Hoy volví a pasar por la casa en la que vivimos, la que está al lado de la Nacho. La reconocí por sus rejas blancas y esas cortinas amarillas que, seguramente, aún siguen ahí porque eran bonitas, pa’ qué. Caminé despacio, con el corazón apretado, y mis ojos se inundaron de lágrimas. Pensé que la mujer que habitó esa casa junto a ti ya no existe, y que aquel hombre que la acompañaba se fue a la orilla del Atrato para no regresar.

Seguí mi camino hasta la estación de TransMilenio Ciudad Universitaria – Lotería de Boyacá. Esperé el C73 de regreso a Suba, me puse los audífonos y empezó a sonar “Frio de Ausencia” de Galy Galiano, la misma rola que te canté en aquel karaoke de la 45. Y con la primera estrofa recordé a tu lado las noches de desvelo, de desespero, de pasión, de ternura y de apañe.

También recordé, con más nostalgia, aquel día que te conocí en el concierto del grupo musical Los Pasajeros en el Teatro Crisanto Luque. Muy gomelo para nosotrxs, ¿no? Hasta casi le quitan a la compañera de la Huerta Colibrí Dorado la botella de vino de Vinos Libres porque, según el celacho, no podíamos tomar allá. Pero eso no fue problema, porque luego nos fuimos pa’ un bar de salsa, dizque a bailar con las amigas. ¿Recuerdas que nos quedamos hablando por horas porque ninguno de los dos quería bailar?

En ese momento pensé en escribirte nuevamente para preguntarte ¿cómo se olvida todo eso? Porque yo no he podido. 

Pero, así como recordé el inicio con nostalgia, regresó con más fuerza el recuerdo del final. Esa madrugada de tu partida, cuando tu vida cabía en una maleta y yo sabía que ya no había vuelta atrás. Un beso y una mirada se quedaron en mi corazón. Cerré los ojos con rabia, pensando que la vida no había sido justa, pero un sonido interrumpió mis recuerdos. Una voz anunció: “Próxima parada, Transversal 91”. El TransMilenio se acercaba al Portal Suba y, justo en ese momento, terminó la canción con la estrofa que anunciaba nuestro adiós:

Adiós le dije estrechándola en mis brazos
Adiós, adiós…

No quisiera que esta carta fuera una parafernalia. Soltarte me produce dolor en el alma, un dolor que he querido evitar, pero que habita en mí. Con Cariño nunca más tuya. Pao.

NUESTRA HISTORIA

​

Por:Profe Karen - Ignis Belli.

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Para el amor las estaciones le son irrelevantes, no es como el vino que espera a añejarse. Tan sólo es necesario un contacto de miradas, una sonrisa que atraviese el alma, una mano cálida y un beso vigoroso; todo esto puede ocurrir en tan sólo microcápsulas de tiempo.

 

Esa es mi historia: le conocí en un momento de aflicción. Recuerdo que nuestras palabras cruzaron después de un tropiezo que hizo que mis manos, casi todo mi ser, abrazará el traje de asfalto de la madre antiquísima a la puerta de un bar. Es de aclarar, por la divinidad y la reputación que apremia, que la razón de mi caída no fue embriaguez, como sé que muchos estarán pensando, fue la desesperación de querer huir a una realidad que me atormentaba.

 

Hace ya más de siete años que cupido inconsciente, creería yo que más bien borracho, ese si estaba borracho, pues él nunca obra en sus cinco sentidos, había dirigido sus dardos hacia mí. Claro está, que por su mala puntería o por su grandioso, pero discutible, sentido del humor, ese amor que pretendía naciera, creciera y prosperara por toda la vida, como se piensa debe ser el amor, de un momento a otro dejó de ser.

 

Pues bien, siendo el quinto día del sexto mes, la realidad llegó a abofetearme, en su agresividad que le caracteriza, y resulté celebrando tres situaciones importantes para mí: los cumpleaños de mi amiga y confidente, las exequias de mi amor y el parto de un amor con concepción prematura.

 

Los días siguientes se dedicaron al luto, con suerte siempre estuve bien acompañada, pues, aunque la soledad puede ser una excelente consejera, en ocasiones su bipolaridad puede despertar una catástrofe a dimensiones extraordinarias. La nueva compañía logró trascender a nivel de llevar a superar el dolor que me atormentaba, al punto en que despertó en mí el Galeras arriesgado del amor, 

de nuevo ese desocupado y ebrio cupido rondaba la capital y justo llegó a mi morada.

 

Cuando compartía con él, con toda la seguridad del caso, puedo decir que los sentidos trascendían a lo inexplicable; podía el tacto ser vista y el olfato ser gusto, podía volar como Girondo y podía pasar de las emociones y sensaciones más desenfrenadas y psicopatológicas para terminar en una paz absorta. Y ahora, no puedo negar que es recurrente en mí el pensamiento hipotético de una realidad diferente; del amor quisiera escapar, pero aparece en cada instante: desde los encuentros clandestinos que tenían lugar en la casa del azar y la fortuna, entre las sábanas que atestiguan la comunión desenfrenada de los cuerpos, las noches que su experticia culinaria deleitaba mi gusto, los destellos intermitentes en los que la infancia doblegaba la adultez sería y altiva, hasta el sueño que lograba domar la paria lujuria.

 

Cada mirada, cada gesto, cada susurro, cada grito, cada llanto, cada risa, hacía omnipresente al amor. 

Como gota de rocío que se funde con la superficie clorofílica, se fundían nuestras almas dando origen a una nueva, amante y loca alma. Aparecía, desaparecía y reaparecía en los íngrimos rincones atelerañados del cuarto, se debilitaba y fortalecía, se hacía infante y anciano, hacía frente y se escondía, siempre presente acompañando los momentos prósperos y los infortunados. Y aunque el orgullo pretendía negar su existencia, el amor tomaba impulso y asomaba un poco su perfil para dar lucha a los contratiempos que aparecen como titanes que intentan aplacar la fortísima potencia que logra lo imposible.

Una tatuadora llamada Chelsea.

​​

Por Waldy Petirrojo.​​

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Puede ser de grandísima coincidencia el que alguien que se llame Chelsea pueda leer esto, y sí, en caso de que leas esto es porque eres tú y no otra persona. Una muchacha con un tatuaje debajo del mentón. Pero ya, lo siento, no diré más sobre ti; porque en verdad no sé nada más de ti. Y así como uno aparece y también se llega a desaparecer..., ja, esa sensación la he sentido en más de una ocasión. Ahora lo que reaparece ante mí lo hace en forma de texto, de nudos en la garganta y preguntas mil.


He querido llamar a Alejandra para contarle esta conmoción que no me permite evocar otras duraderas fases del amor. Antes fue María, de la que extrañé su breve pero convulso amor, y más antes el de Érica, este sí cortísimo y ambiguo. Contaré todo, incluso si tengo que inventar una historia en donde Chelsea me dibuja en el dorso de la mano letras y símbolos. A ella la conocí mientras plegaba unas hojas para formar un librito, un libro inferior al tamaño de una mano y en donde quizás quepa esta sucesión de imágenes tatuadas.

...

Las mañanas desgarran todo posible deseo de comenzar de un tirón, es decir, una cosa tras otra de modo automático y lineal. Por ejemplo: levantarse, trotar –hay quien trota o estira-, tomar un baño, desayunar y salir; como si tras la rutina la disciplina fuera un objetivo de contornos definidos. Pero las mañana a veces –en más de una ocasión- son brumas, letargo y un prolongado desperezarse. Lentitud por la cual uno decide evocar, mientras está acostado o tomando algo caliente, lo hecho o lo que se hará; esos diálogos significativos con uno mismo o cómo ayer que dejé a un lado lo que hacía para hacer algo más.


Esta es una de esas mañanas.


Pensé en Chelsea, a la que he visto tan sólo una vez y que probablemente no volveré a ver. Eso es así. No sufriré, pero seguramente me preguntaré qué fue de ella y por qué cada vez soy menos dado a lanzarme o a entablar con alguien un primer contacto. Es como si me hubiera dejado de interesar acertar con la primera impresión...

Pero dejémoslo ahí, porque en realidad no importa lo que suceda con mi deseo profundo de ver nuevamente a la tatuadora, eso no será.


Decía que esta es indudablemente una de esas mañanas, una que se pega en la piel y que se arrastra por ella para dejar su rezago y residuos de lo que pudieron haber sido sueños convulsos, o muy tranquilos; sea por esa calma, tal vez, que las brumas sen invierten y se cuelan por los poros y es como cuando rebosado de alguna sensación se decide por fin empezar la mañana. Me durará días, e incluso semanas, que la imagen misteriosa de Chelsea no se me aparezca.

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 ̈Hombres ̈, diría cualquier mujer acentuando un gesto de fastidio ante las evidentes pasiones que los hombres mostramos al referirnos sobre ellas. Como yo mismo lo hago dándome cuenta, claro está, de que entre la última relación y esa indiferente ilusión a la que no le daré  ̈alas ̈, y que me ocurre justo ahora..., no han pasado siquiera meses. Pese a mí, los nubarrones de sentimiento buscan que me adentre en su tormenta; que me hunda y naufrague. Pero si de algo sirve que el mar nos embista y nos arroje espuma a la cara es el hecho de que luego se vea uno descansando la calma sobre la arena junto a cangrejos.

​

...

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Siento que no podré escribir sólo ficción. Mi personalidad saldrá a flote –como los restos de un velero- en los continuos párrafos que se sucedan. Todo es demasiado personal como para que le ocurra exclusivamente a otros y otras. Me placería que la literatura un día me escriba una carta diciéndome lo que siente por mí, pues lo que hacemos el uno por la otra ha trascendido. ¿Es Waldy diciendo que P hizo o dejó de hacer? ¿O P que aún sueña a un W que hace y hace y hace y un día de tanto que hace desaparece? Petirrojo tendrá algo que contar a aquellas aves con las que juega a diario, y a las que, con colaboración de sí mismas, liberará porque estas así lo quieren.


Se entiende que Petirrojo es pájaro rápido y sagaz, que ha ido y venido cuando otros únicamente han estado llevados por la corriente. Eso admiro de este, que a su vez es palabra y acción. No sabremos qué tanto ha dado de sí como que en muchas de esas ocasiones se le recuerda con alegría y gracia. En eso Waldy invierte lo poco que sabe: en que habrá que intentar algo de gracia, ya sea porque Chelsea –u otra persona, no sabemos quién- podrá ver algo que otro no. Finalmente, Petirrojo me dice al oído


̈ ¿Para qué aspirar a algo más que la tranquilidad?  ̈.


...


Los amores tranquilos y los espasmos del ser


̈La filosofía es un espasmo mental en ciertos seres ̈, digo (y aquí no me atrevo a citar a Petirrojo, esto lo dice W en plena consciencia de su lenguaje). Que por ser involuntaria, la filosofía, es que adquiere gracia o un voluminoso carácter de tragedia (alguien no deseando pensar pero es lo que no puede dejar de hacer). Algunas mañanas como estas me he visto despertando en mí. Antes de abrir los ojos y recibir la luz del día he tenido algunas reflexiones lógico-racionales acerca de la vida, de su inexactitud y abstracto sentido; en que algo peor que la muerte es el proceso cíclico de la vida buscando siempre la permanencia. Eso me abruma. Una sucesión inacabada de algo: la vida; que por obligatoriedad continúa pese a los intentos de acabarla. No me refiero al déspota o dictador (pequeño entre lo más pequeño dentro un planteamiento material y espiritual), que consciente del mal que provoca lo ejecuta a sabiendas de lo que esto
puede provocar: genocidios, exterminios, guerras, etc. Peor que el humano, su consciencia de sí mismo y de su durabilidad, ja. A lo que me refiero anteriormente es al deseo de terminar con la vida, al menos la propia, y en donde la crueldad se hace visible 
en forma de esperanza y anhelos de vivir; o esos vitalismos inacabados que se pregonan, incluso cuando la realidad es todo lo contrario a la búsqueda de la tranquilidad. No por ello la vida, al menos la que me toca, deja de tener gracia, y sea cual sea su razón, la hallo interesante. RADICALMENTE INTERESANTE.

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En la consciencia de saberme despierto y con los ojos cerrados he encontrado la frontera con el sueño, de cuando este pasa de ser nebulosas e imágenes sucesivas con su propia narrativa a pensamientos que decido tener, o que involuntariamente trascurren unos tras otros. Constantemente imagino qué podría ser lo poético si lo despojara de palabras, idiomas, estructuras mentales, sesgos de la razón, contextos específicos u otras formas de identidad basadas en elementos superficiales (nacionalidad, género, clase); lo que concluyo es que eso poético sería quizás una inmanencia universal en constante creación y destrucción. Por lo mismo, la mitad o casi todo lo que reconozco por poesía no tendría valor frente a acciones concretas que la materia o la energía puedan tener. Sin todos esos valores anteriormente mencionados tampoco habría poesía con la cual identificar lo poético para a su vez dar en la idea de que este es también un conjunto de elementos verbales y no verbales. Así y de ese modo están conformados todos los lenguajes.


En la frontera del sueño y el pensamiento –sea cual sea- he podido hacer de la consciencia parte integral mía. Entonces, aquello poético es la consciencia pero en constante expansión entre los lenguajes. En ese momento, cuando con los ojos cerrados imagino lo que será (o lo que fue), me siento y veo sin formas, recorriendo el espacio –o el pensamiento- y lo que encuentro es parecido al fondo del mar...

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...

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Sólo que un día me puse a pensar en Chelsea y contrario a la costumbre no me ahogué.

...

(20:17 14/01/25. ¿NO ES ASÍ EL ESPACIO, ES DECIR LA MENTE?)

Voz para llamar a un perro.

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Por :Daniela Acero.

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     Andi se bajó a orinar. 

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    No soportaba la vejiga pesada. Le molestaba si se reía. Antes volteó a ver a Lina que iba su lado. Se embelesó en ella, su cabello brillaba bajo la luz opaca de la carretera de Belencito. Era como si sus largos crespos sostuvieran el vientre de los postes y lo proyectaran hacía él. Ella se giró y le golpeó el hombro mientras se reía de los chistes viejos que él le hacía y que solo recordaba cuando estaba borracha.

​

       Se acordó que antes no iban en carro y que ella no iba a su derecha. 

​

      En bici tenían que ir casi uno sobre el otro. Ella era muy alta para llevarla en el manubrio por eso, con lo que había pintado la casa de al lado, compró los tornillos de los pies que se ajustaron a sus zapatos negros del colegio. 

​

     Lina solía tomarlo de los hombros cuando quería llamar su atención o sostenerse por algún hueco, se apretaba luego a su cuello y lo ahogaba cuando se pasaban en semáforo en rojo y los de las mulas pitaban, haciéndoles vibrar el hígado. 

​

       La madrugada todavía no se alzaba. 

      Era de noche aún porque sintió el viento en ráfaga fría en el borde de la espalda. 

      Se le puso piel de gallina. 

 

​

    El sabor de la carne del perro le quedó en la boca. Podría llegar a sentir el pelaje pegajoso en sus dientes y el pegote de la sangre seca.

​

   Pasó tan rápido que no le vio el color al canino, incluso haberse detenido pudo ser una opción, pero no la contemplo. Solo vio la borrasca de la imagen, los dientes alzarse por encima de la cabeza como si estuvieran listos para desencajarse, la vejiga vaciarse casi sólida sobre el capo, y que no dejó de oler nunca. 

​

     No se fijó si el perro salió a orinar sobre la vía aprovechando el calor del vaho que tiene en medio la vía y tan seductor que nunca les deja ver lo que viene o va en el camino y allí se acurrucan esperando nada mientras duermen o cagan.

​

   No puso las luces porque el camino a Belencito siempre está solo y las curvas le avisaban donde girar. Cuando sintió el totazo sobre él, quiso decir ¡Chite!, ¡pero no quería recordar al perro que su papá le enterró en el patio, así que solo aceleró. 

​

   No se dio cuenta de que el perro no chilló ni se inmutó, simplemente lo vio grande con los ojos claros y brillantes que solo les da la noche, bostezó muy ancho y se le veía la boca rufiana y sangre que tiene los perros de las montañas. Tampoco vio que su panza fría se recogió al último momento en su boca de can haciendo que ese sabor de la muerte se le agolpara en las encías jóvenes. 

   No mordió nada porque ya había mordido mucho y se había enamorado. Le dio la mordida a su perra para que se tragara los hijos que no salieron del todo bien. Ella se quedó al borde del camino sonriendo y viéndolo como se lo tragaba la luz de la velocidad.

   Cuando el carro siguió ella esperó, no sabe cuánto tiempo, quizá el mismo que espero mientras vio como la Eugenia le hundía los hijos en el río. El mismo tiempo que espero para salir a comerse los restos de la fiesta a la que no los invitaron, pero el hambre les había enviado la invitación hacia muchas noches. El mismo tiempo que se demoraron en roer las bolsas negras de la boda. Ese tiempo. 

​

     Chanda.

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   Así se llamaba el perro del asadero, solían darle los huesos bien raídos de los clientes que los dejaban, porque había otros que tenían la dicha de tragarse el pollo entero. Chanada se le metió por debajo de la mesa a Lina, que no aguantaba ver como a Andi se le escurría la comida al suelo y la boca no le aguantaba el sorbo de gaseosa. 

    El calor del lugar y los pollos arder de lado a lado la hacían sentir incómoda. La gente lo miraba como si no fuera más que Chanda porque el perro insistía en quedarse bajo ella como esperando algo más que el simple resquicio de una huevera de pollo. 

    Cuando a Andi se le ladeó la cabeza fue el punto final de la presa, ya se habían comido el pollo completo y parecía que hubiera durado muchos años el vapor del asadero, las manos grasosas del encargado y la mirada de la gente que le había llenado los ojos vistazos lastimeros y nos conformes. La mezcla de su imagen que se componía de Chanda y Andi la hacían parecer una víctima de los dos. La sopa de menudencias que tanto le gustaba, en ese momento le pareció asquerosa, era ver a Andi sobre el asfalto su corazón a un lado, la mollejacabeza doblada y ladeada al lado más grasoso del plato y el hígado sumergido sin ninguna esperanza. 

Decidió ponerla de un lado y pagar con la mano que le quedaba libre. Chanda salió más lleno que nunca y Lina apenas si pudo llamar un taxi. 

Espero al menos dos horas para conseguir quien la llevara. No querían que Andi se les vomitara en el carro o se cagara encima. O se le ladeará su cabeza con las babas que le brotaban como río y que tenía que limpiar cada tanto. 

Ella tampoco quería. 

Cuando se subió y logró sentarlo él la miró desde muy adentro. A ella le dolían tanto los brazos que apenas pudo dedicarle una sonrisa.

Chanda corrió muchas cuadras tras el taxi, pero se rindió volvió a la carretera al paso lento de un perro viejo. Con las ganas de ver su último soplo de vida que parecía que con la noche se volviera un vaho. 

No sabe si fue un perro más joven antes. Mientras lo piensa, recibe una fruta podrida de la señora que vende los duraznos vía Duitama hacía Belencito. Traga la fruta que se escurre lento entre los dientes y arroja la pepa que casi se le atora en el gaznate, su garganta gruñe y arroja el residuo lejos, cae sobre un taller que le decora las patas de aceite para carros. Camina y no deja de hacerlo, quiere volver al punto de la carretera que lo hizo perro y nunca más ver ese cuerpo que vio cuando el olor de Lina lo llamó tan lejos. 

 

-

Fue más un golpe seco. 

Cuando abrió los ojos él ya estaba en el suelo. Acostado, como dormido, de un lado, su lado favorito de la cama. Lo levantó con el ánimo de verle los ojos cafés brillando, como cuando le dijo que se iba para el ejército y que allá se iba a conseguir una novia. Flaca me voy. Si no me caso con usted me voy. 

Quiso responderle como esa vez que sí. Pero sus ojos ya estaban muy cerrados casi como si los hubiera hinchado la noche de aire frío. Le dijo que se levantará que quería escuchar otro de sus chistes. Pero él no lo hizo. Lo último que vio antes de la luz de las sirenas rojas y azules y el sonido de la ambulancia que le perforo el cabello que llevaba suelto y largo y que incluso notó que le ayudó a sostener a Andi, fue a un perro grande y negro que cruzó la bruma con los ojos brillantes. 

Su cabeza se inflamó tanto que casi no lo reconoció. La madrugada se había cerrado dentro de la ambulancia y los paramédicos parecían decirle con la cara que no iba a amanecer pronto para ella. Dentro, se vio el vestido manchado todo, su color menta satín era ya una mezcla de tierra de carretera, chistes de Andi y sangre. Su cabello se había alargado más al no haber soportado la cúpula que hizo su cuerpo para protegerlo del frío mientras llegaba alguien. 

No vio nada y oyó menos. Tenía el aturdimiento del rocío que se le metió en los oídos, cuando la noche casi los tomaba sonó la sirena a lo lejos. Estaba ella toda fría y no recordaba haberse sentido tan hueca, era como un tronco por el que pasaba la luz, nada más. Solo sentía el calor del centro de la carretera que le entibio las caderas, ahí se acordó del perro que se les acostó en frente. Por eso los perros orinaban en medio del asfalto por el calor.

Se sintió culpable de evadir el presente haciendo esas conjeturas. Así que se quedó viéndose mucho tiempo las manos hasta que llegó la noche de nuevo. Solía hacer esto desde niña cuando había cosas que la rebasaban, mirar a un punto fijo y concentrarse en ello tanto que la hacía apretarse los dedeos hasta dejárselos morados. 

Así que escasamente pudo ver cuando la enfermera la inyectó y la llamo por el nombre que había firmado en la boleta de entrada.

Se durmió de inmediato. Sus manos volvieron al color moreno de su piel.

 

-

¿Se va a encartar usted tan joven con ese muchacho? El doctor la mira con ganas de decirle que lo deje ahí, que done sus órganos o que opte por dejárselo a su mamá, en últimas. Lina lo ve envuelta en la bruma de sus oídos que no le dejan procesar la información. 

Esto lo recuerda cuando siente a Andi en su espalda. 

La primera vez que se lo amarró a su cuerpo pesaba mucho, pero la risa de niño de él hizo que el peso menguara. Había dejado de ser un hombre y retrocedió a niño. Incluso disfrutaba verla llegar a su casa agitando las manos. Agrietando la línea de lo imposible, moviendo la cabeza que ya no pesaba tanto de un lado a otro y solemnizaba el momento haciendo caer la comida que su mamá le estaba dando. Entonces la comida parecía alzarse como confeti sobre la nube de Lina y Andi que se conocieron muy pequeños y que iban a casarse pronto. Hasta que el espíritu de Andi se volvió un perro. 

La intimidad parecía diluirse en las sábanas que ella tenía que lavar a diario, en que la sorprendiera el ahogo de Andi con su propia saliva y verlo que se le iba la vida en cada noche. 

Alguna vez intento besarlo y traerlo de nuevo al tiempo en que se amaban. Pero casi como un perro canino le devoró los labios y su sangre le decoró el pecho. Lina le entrego a Andi a la noche ese día y cuando cerró los ojos vio los ojos de perro que se le apareció en la carretera. 

En la mañana decidió olvidarlo como hombre y traerlo a la vida del presente, se amarró el pelo y cortó retazos de sábanas ni tan largas ni cortas a penas para amarrarse una persona cual sombra. Lo tomó muy fuerte y lo ató parte por parte así misma hasta ser uno. Andi reía y se abrazaba a ella con la fuerza que no conseguía en las terapias. Cuando lo logró ya era media mañana y salieron del cuarto que hedía a enfermedad, orina, suero, desasosiego, a las lágrimas de Lina que no dejaban de oler a rancio.

La mamá de Andi reía y su hermano también. Ya no la odiaban tanto por ser ella y no haber sido quién debería estar así. Ella era la antagonista de todo y odiada en el fondo.  

Las vendas se deshicieron y Andi fluyo al piso como los líquidos que expelían de él. 

Se hizo de noche.

 

-

Chanda llegó al punto y se recordó hombre. 

Quería ser con Lina muchas cosas más allá de humano. Más allá de planta. El humor de su muerte lo recorrió todo de manera mentolada. El frío de la carretera se llenó de soledad y el rocío ya le pintaba las crines sucias de perro viejo. 

Cree que pudo ser un perro joven, pero no recuerda si murió dos veces en ese punto. De repente le dan ganas de orinar y se instala en el medio, quizá esperando otro auto. 

A su vera chilla una perra. Está en celo y le dan unas ganas incontenibles de seguirla. La perra se inserta en los matorrales y los eucaliptos hacen que suene sus pasos flacos sobre la hojarasca. 

La sigue. 

Su olor lo ciega y es menos hombre. 

No piensa.

Quiere amar de nuevo y recuerda a Lina. 

Que no es perra y se debate entre dejar ir su cuerpo o seguir tomando café anémica. 

Va tras ella y parece que se evaporará con el pino. 

Logra ver los Frailejones y chilla, la quiere toda en ese momento.

No puede verla. 

Una pava andina cruza su camino y se pierde el olor de la perra.

La pava lo ve desde una rama. Se escabulle.

Él que fue perro un día le pesa la cabeza e intenta dormir dentro de una cueva de monte. 

Amanece, pero el solo sabe que aclaró. 

Los otros perros de las fincas se lo tragan. 

CONEJO A LA CONEJERA.

 

Por David Ortega.

Las obras del parque lineal ambiental la Conejera no se armonizaron con el Plan de Manejo Ambiental de la Reserva Distrital del Humedal la Conejera, estas obras, que se ubican sobre el margen oriental de la microcuenca de la conejera han afectado las biozonas 4 y 5 del ecosistema; con una inversión total por parte del Distrito que supera los diecisiete mil millones de pesos entre la etapa prefactibilidad y el proceso constructivo; es importante decir que el proyecto se ha desarrollado con tropiezos que han llevado a que al día de hoy, el contrato sume cinco modificatorios con un retraso de más de 17 meses según la fecha de finalización original, , dentro de los cuales, se han hecho adiciones por más de 700.000 millones de pesos en contraste con las obras que no se entregarán por resultar inviables técnicamente en cuatro de los ocho tramos contemplados en el diseño original.

 


PLANO:

PLANO GENERAL UNIDAD DE PAISAJE 3 - PARQUE LINEAL AMBIENTAL LA CONEJERA
AUTOR: Consorcio SCE

 


DESCRIPCIÓN DEL PROYECTO.


Las obras que adelantan en cabeza del IDRD desde finales del año 2023 bajo el contrato de obra IDRD-CTO-3144-2023 por valor de $15.099.661.793 y de interventoría IDRD-CTO-3159-2023 por valor de $1.651.965.842 hacen parte de la unidad del paisaje número 3 de los diseños entregados en la etapa de pre-factibilidad de estudios y diseños a finales de 2022 bajo el contrato de consultoría IDRD-CTO-2787-2021 del parque lineal ambiental la Conejera; según el acta WR de aprobación de diseños 1299-2023, “El Parque Lineal Ambiental de Suba es un medio articulador para recuperar las zonas expuestas al deterioro y mala ocupación, debido a la falta de planeación en el crecimiento de las ciudades, con el propósito de proveer espacios verdes de conectividad entre puntos desarticulados de la ciudad, y crear nuevos escenarios públicos naturales”.


CONTEXTO HISTÓRICO.


Desde la etapa pre-factibilidad del proyecto, en las cuales se adelantaron diversas sesiones de trabajo, la comunidad queriente del ecosistema debatió sobre la viabilidad del “corredor ambiental” en la medida en que los diseños que se presentaban incorporan predios que según el PMA del Humedal tienen gran potencial de restauración para el ecosistema, de igual manera, en reiteradas ocasiones se instó a que la inversión proyectada para el mejoramiento de las zonas destinadas a actividades recreo-deportivas, pudiera hacerse sobre los predios destinados para tal fin ya existentes y que presentan deterioro tales como los del Parque Estructurante Fontanar del Río y los parques de bolsillo de los barrios ubicados en el sector, pues, de hacerse el proyecto sobre las zonas de ronda y amortiguación ambiental se corre un alto riesgo de degradación de complejidad trófica y los flujos de energía de los ecosistemas que se ubican sobre la microcuenca de la conejera.


Sin embargo, como se dijo con anterioridad, a finales de 2022, el IDRD aprueba los diseños en circunstancias poco transparentes, en la medida que, en la reunión convocada para firmar el acuerdo ciudadano de concertación, la empresa siglo XXI consultoría, se atrevió a presentar unos diseños realmente controversiales y que no fueron debidamente legitimados por parte de quienes hicieron parte del proceso de concertación, razón por la cual, una gran mayoría de los asistentes decidieron retirarse y solicitar una mesa de trabajo para construir los diseños desde un enfoque verdaderamente participativo y de cara al cumplimiento de las disposiciones y compromisos ambientales por parte del Distrito. Acto seguido, el IDRD refrena el acuerdo ciudadano con algunos asistentes que decidieron quedarse en la reunión y con listados de personas que no asistieron al espacio, recogidas de manera informal sin una metodología apropiada de socialización, para finalmente, aprobar la factibilidad al proyecto.


Una vez empezaron las obras, en el marco del comité de seguimiento y participación, se manifestó la necesidad de reevaluar los diseños, el Cabildo Indígena de Suba junto con la UDCA presentaron una propuesta de diseños alternativos armonizada con el manual del espacio público y el sistema de sitios sagrados que buscaban minimizar el endurecimiento y establecer una verdadera zona de amortiguación para el humedal, sin embargo, estos diseños no fueron aprobados con el argumento de que “no se podían hacer modificaciones sobre el diseño”, así las cosas, la obras continuaron y se impuso una vez más la narrativa del cemento y el endurecimiento por encima de la necesidad de mejorar las condiciones ecológicas de la reserva de humedal.

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LA NO ARMONIZACIÓN.


Los Humedales contienen una serie de especies que no pueden habitar ningún otro ambiente alterno, son áreas críticas para la alimentación de grandes poblaciones de aves y mamíferos residentes, así como son eslabones ineludibles en una vasta red latitudinal de sitios de parada para poblaciones migratorias de aves. Es imprescindible insistir en que las migraciones de aves acuáticas, al conectar una vasta red de Humedales, hacen de los mismos un recurso y una responsabilidad de carácter internacional que fue ratificada en Colombia al estar adscrita a la Convención Internacional Ramsar (Ley 357 de 1997).


La zona que se ha intervenido, en algunos tramos presenta traslape con la cartografía de la Resolución 0250 del 30 de Junio de 1994 por la cual se establecen los límites del Humedal la Conejera; como si esto fuera poco, el área donde se han desarrollado las obras limita con las biozonas 3, 4 y 5 del ecosistema, zonas de vital importancia para el ecosistema, en particular, la biozona 4 por albergar el vaso de agua principal del ecosistema y la biozona 5 por ser definida en el PMA como “la más frágil desde el punto de vista de la conservación de las aves acuáticas”; a pesar de esto, según la información proporcionada por el Consorcio Parques CSE la obra ha dispuesto sobre suelos con gran potencial de restauración, 16.353 M3 de materiales.


A pesar de que el mismo nombre del proyecto, al definirse como un parque ambiental, podría dar entender que el proyecto que realmente integra la matriz ambiental tratando de mitigar el impacto de la mancha urbana sobre el ecosistema, el proceso constructivo que se ha adelantado hasta el momento no se ha armonizado con la ecología del lugar; pese a la insistencia de la comunidad de armonizar el diseño para que los recursos invertidos por parte del distrito no terminan degradando el ecosistema; la respuesta por parte del Consorcio Parque SCE es que no tienen ninguna obligación de armonizar el proyecto con el PMA del Humedal.

 


IMPACTOS Y REFLEXIONES FINALES.


Después de varios años de insistencia sobre la necesidad de que la ejecución de recursos públicos puedan tener un impacto positivo sobre el territorio y sus comunidades, quedan muchos interrogantes frente a la efectividad de la participación ciudadana y los grandes retos que enfrenta nuestra localidad y en general la ciudad, para evitar que las metas del POT solo sean traducidas en jugosos contratos que se ejecutan desde las visiones de escritorio sin transformar el grueso de la multiplicidad de problemáticas que ocurren en los territorios.


Como habitante de Suba y siendo una de las muchas personas que ha encontrado en el humedal un espacio para aprender sobre el cuidado de la naturaleza, descubriendo la magnífica biodiversidad de este ecosistema, habiéndome enamorado de su historia y su ecología; he tenido que tramitar permanentemente la tusa de ver que las decisiones desde los escritorios, desconociendo las necesidades contextuales, se sigue imponiendo sobre los derechos de la naturaleza, un claro reflejo es la asimetría de la inversión destinada desde el distrito para el humedal y su área de influencia.

Fuentes: SECOP y Derecho de Petición Rad:2025ER182660
Autor: Propia

 


Al día de hoy, a pesar de tener un fallo de segunda instancia proferida por el Consejo de Estado proceso 250002341000201500032-01, donde se exhorta a los diferentes actores involucrados con la Reserva Distrital de Humedal la Conejera a actuar bajo el principio de humildad, “para que adopte conciencia de la protección del ambiente sano, sometiendo su actuación en forma estricta y rigurosa a las reglas de uso de las fuentes hídricas, hidrológicas, ambientales,..., en aras de contribuir a la recuperación material de humedal como fuente de vida”. y haber insistido en la aplicación del principio de precaución ante el riesgo inminente de generar daños ambientales; el Distrito decide desarrollar un proyecto sobre la zona de amortiguación del humedal, endurecimiento suelos, instalando luminaria y generando más cargas antropogénicas sobre la cadena trófica del ecosistema.

Cuando quería hablar de amor y terminé entusada.

​

Por: Katherine Luque.

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¿Qué implica cuestionar el amor?


No hablo desde una perspectiva que busque negar el amor, tampoco pretendo definir las formas “correctas” en las que se debe amar. Porque si algo nos enseña el sistema es que, en cuanto se define algo como correcto, las otras formas quedan descartadas, estigmatizadas o incluso prohibidas.
Cuestionar el amor, para mí, ha significado derrumbar las barreras que delimitan la posibilidad de los afectos según el tipo de vínculo que establecemos. En este viaje por intentar comprenderlo, he navegado entre las ideas de Erich Fromm, Michel Foucault, María Lugones, Amalia Andrade y de muchxs otrxs referentes que han guiado mi búsqueda. Ellxs me han invitado a interpelar las relaciones de poder, a cuestionar el amor romántico, a disputar lo hegemónico; a deconstruir el amor, construir nuevas formas de equivocarme, y luego volver a él, sin entenderlo del todo.
Explorarlo, deformarlo y replantearlo implica mucho trabajo, porque es mirar hacia adentro: reconocer los errores cometidos al amar, intentar darle forma a las propias expectativas, pensarse el cuidado, conciliar con el otro y con una misma. Fue allí cuando entendí que no encajaba en el molde —primero, el del amor monogámico y heteronormado—, pero también en los límites que lo enmarcan.
Me era inevitable experimentar el amor desde la profundidad: un sentir apasionado, que lo entrega todo, pero que también abre los afectos hacia lo comunitario, hacia la parcería. Encontrar esa frontera invisible me costaba, y aún me cuesta. Mi primer amor fue mi mejor amiga. No sabía si todo lo que sentía era amistad o si quería algo más. Cruzamos la frontera muchas veces: experimentamos y crecimos juntas. Todo se fue acomodando a lo que nos resultaba más fácil de reconocer.
Con el tiempo fue creciendo la incertidumbre de sentir. ¿Por qué es tan cuestionable extender el espectro de lo íntimo hacia la amistad? Si los afectos que he construido los siento genuinos, si nos sostenemos y nos cuidamos, ¿por qué todo se derrumba en el momento en que el erotismo nos atraviesa?
Así llegué a mis propias conclusiones: no sirvo para la monogamia, aunque todavía me falte experimentar más en el poliamor, al que me acerco con mis propios temores. No busco una relación sexoafectiva con todos los vínculos en los que me acerco desde la intimidad. Siento una necesidad de desprivatizar lo íntimo y lo erótico, sin que eso cambie los tipos de lazos que estoy construyendo. Creo profundamente en la posibilidad de relaciones éticas.
Pero que viene después de tanto pensarse el amor y digamos que se logra romper esas barreras, tener amigas que puedes besar desde la tranquilidad y el refugio, amigos que te acompañan la tristeza y se vuelven parte de tu cotidianidad, entregarse desde todos los frentes, desde la lucha colectiva, desde los sueños del futuro, en el apoyo mutuo, el apañe, las borracheras, escucharse para sentir que todo puede mejorar.
En los peores casos, viene la tusa. Cuando ese primer amor se transforma en el dolor de entender que todo se acaba. Entonces, como en todos los casos en los que se rompe el corazón, es inevitable preguntarse si vale la pena darse la pela por expandir los afectos. Porque estar dispuesta al amor también implica tener en el horizonte que el dolor es inevitable. No por ese precepto simplista de que “el amor duele”, sino
porque el conflicto es inevitable; porque las relaciones humanas son profundamente complejas y, no siempre, pero a veces, también hieren.
¿Y qué viene después de la tusa? Después del dolor que parece reconfigurar hasta el aire que respiras, viene el silencio. Y en ese silencio no aparece la respuesta, sino la próxima pregunta: ¿cómo sanar sin contraer? ¿Cómo volver a tejer los afectos sin que el miedo a que se repita el dolor nos haga construir murallas?
Quizás el verdadero triunfo de este amor expandido no sea evitar el sufrimiento, sino aprender a dolerse en comunidad. Que la parcería que nos sostuvo en la fiesta también nos sostenga en el duelo. Que el mismo apañe que celebró los besos tranquilos, envuelva el corazón cuando este se quiebra. Al final, expandir los afectos es también expandir la capacidad de sanar. Es confiar en que la red que construimos es lo suficientemente fuerte para atraparnos cuando caemos, y que ese mismo tejido, marcado por las cicatrices, será el mapa con el que nos volveremos a lanzar al amor, una y otra vez.
Al final de este viaje, la respuesta se parece menos a un mapa y más a un corazón marcado por las rutas que decidió transitar. Cuestionar el amor implica, sobre todo, elegir la complejidad sobre la simplicidad, es entender que la tusa, ese dolor intenso y desgarrador por un amigo que se fue, no es el fracaso de lo construido, sino su más auténtica muestra. Es la prueba de que lo que se construyó fue real, fue vasto, y por lo tanto, su ausencia duele en una geografía amplia del alma.
Entonces, sí. La tusa duele. Duele con la intensidad particular de perder un mundo compartido. Pero en medio de ese desastre, me aferro a una imagen: mi corazón no es una casa con las puertas cerradas, sino una plaza, como la de suba. En ella hay espacio para la fiesta, la conversación profunda, el beso fugaz, el hombro para llorar y, también, para los lugares vacíos que dejaron quienes se fueron.
¿Vale la pena darse la pela? La respuesta no está en el balance entre el gozo y el dolor, sino en la convicción de que un amor que se expande, incluso cuando se quiebra, deja más de lo que se lleva. Nos deja un territorio afectivo más amplio, un nuevo lenguaje para el cariño, y la certeza de que, aunque el corazón se astille, lo hace en pedazos que siguen latiendo hacia lxs otrxs, hacia lo comunitario. El dolor no es un error en el cálculo; es el costo de habitar un amor lo suficientemente valiente como para no entrar en un solo molde.

Sobre la longevidad del amor y el deseo de vivir en comunidad.

​

Por: Mónica Pinzón Cárdenas.

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​‘Todxs vamos a morir solxs’ es una frase que se ha vuelto paisaje en las conversaciones, y ahora a mi corta edad, a mis 28 años, la cuestiono. No quiero morir sola, deseo morir acompañada. Pero será posible lograr esta utopía en tiempos de una nueva pandemia del siglo XXI: la soledad no deseada. Y aún más, cuando mi proyecto de vida es tan diferente al de las mujeres de antes, aquellas sin posibilidad de elegir sus vidas construidas bajo la lógica patriarcal y del romanticismo: un matrimonio, una familia y un hogar que cuidar.


El capitalismo ha marcado cada etapa de nuestras vidas como una crisis que se intensifica en los 30 y 40; edades que establecen un modelo de vida: una familia, una casa, un carro, y si no lo cumplimos seremos “infelices”. Una infelicidad que recae en nosotras cuando no queremos maternar, entonces qué pasa cuando nuestra decisión es otra, cuando queremos ser aguafiestas. Estamos cansadas de recibir comentarios llenos de invalidez por exigir año tras año la libertad de decidir nuestro proyecto de vida. Decidir ser la tía que se casó con el estudio, los gatos, el trabajo incluso la soltería como elección política ha sido un reto emocional; y bueno, mi crisis de los 30 se adelantó a los 27 años. Esto más que una opinión, es un desahogo y una propuesta distinta de relacionarnos.


Hace unas semanas, durante una excursión ecofeminista por el País Vasco, me recogí en las palabras de una mujer italiana de 40 años cuando mencionaba que a pesar de ser una mujer feminista empezó a sentir miedo por las arrugas y por no ser madre. 12 años de diferencia y dos nacionalidades tan distintas no importaron para compartir el mismo sentimiento y la misma incertidumbre. Claro que las mujeres tenemos detrás una presión social por estar solas y más cuando se es vieja al estar sumergidas en una sociedad que aún centraliza la felicidad en una pareja o una familia tradicional. Y, entre esa búsqueda, muchas de nosotras nos conformamos y el riesgo más probable es soportar violencias bajo el sacrificio de “ser amadas”.


No es gratuito sentir miedo cuando estamos a punto de vincularnos con un hombre cis, no es gratuito pensar en cada detalle cuando salimos con un desconocido en una cita, automáticamente concretamos un lugar público y enviamos a nuestra amiga la ubicación en tiempo real. La violencia machista y patriarcal es una herida abierta que no cierra y que sigue doliendo mucho. Cada vez nos cuesta relacionarnos, la culpa, la ansiedad, la depresión y la inseguridad son el reflejo de una salud mental afectada por esta cultura de la violencia, y repito, no es gratuito sentir miedo y que estas nuevas generaciones se encuentren en un estado de desafección.


621 es el número de historias de mujeres víctimas de feminicidio que reportó el Observatorio Colombiano de Feminicidios entre enero y septiembre de 2025, y ahora se suma la esfera digital con un nuevo fenómeno: la manosfera que crece exponencialmente; grupos digitales que defienden la masculinidad tradicional y comparten discursos misóginos y antifeministas. 621 historias sin contar, 621 historias donde sus propias parejas son los victimarios, 484 (78%) historias siguen impunes judicialmente. ¿Acaso la vida de las mujeres no importa? Y los hombres aún se siguen preguntando qué por qué cuesta confiar y acceder a un vínculo sexoafectivo.


El amor romántico enmarca las historias de estas mujeres, parejas que las vieron como su propiedad, como un objeto o un contrato para asegurar su “felicidad” por cumplir un modelo de familia. Estas 621 historias no contadas, dan cuenta de la emergencia nacional que estamos atravesando como
sociedad. No es un problema aislado, es un problema que debemos atender con pedagogía, acciones, justicia e incluso aprender a soltar la digna rabia.


Así es necesario introducir a Alexandra Kollontai, pionera del feminismo socialista, quién criticó la forma en que el amor romántico ha sido instrumentalizado para disciplinar a las mujeres. Menciona que el amor exclusivo y de la entrega incondicional es una manera de encadenamiento emocional. Pues aboga por un amor más libre, responsable y centrado en la cooperación y la reciprocidad. Entonces, qué es lo que queremos las mujeres feministas en el amor hoy, qué deseamos como proyecto de vida. El objetivo no es erradicar el amor, sino transformarlo en una práctica social que no excluya a la mujer de su proyecto de vida y sus propias decisiones.


Ahora es momento de superar un desafío: concebir la vida amorosa más allá de la pareja. Quiero que te preguntes cuántas veces al año ves a tus amistades, y qué tan difícil ha sido cuadrar agenda para verse. Parece chiste pero es anécdota. Un paso para luchar contra la soledad impuesta en tiempos digitales es empezar a tener citas con tus amigas, y junto a eso disfrutar de la familia con la que naciste o la que has construido. Ama la presencia aunque sea difícil desconectarte de tu trabajo o de la rutina. Solo con intentar podemos llegar a un amor longevo; un amor duradero, un amor que se teje y crece todo el tiempo, un amor que quizá te acompañe en el proceso del fin de la vida.


La amistad en esencia es libre. Sabes que aunque no estés presente todo el tiempo o nos ghostemos de vez en cuando, estará ahí esperándote para escucharte y acompañarte cuando sea necesario. Aunque es fundamental decir que este tipo de amor debería tener más atención, cuidado, reciprocidad y responsabilidad afectiva. Si eres mi amiga, sabes que cuando pasa mucho tiempo extraño demasiado y soy la intensa del grupo que propone citas para vernos, y si no lo logramos, propone dinámicas en el chat de WhatsApp para contar historias o pensamientos que están rondando en nuestra mente. Ahora no soy la intensa y de vez en cuando cambiamos de papeles.


¿Te imaginas que de viejas podamos cuidarnos entre amigas? Pues en 1998 un grupo de jubiladas británicas envejecieron en una comunidad de viviendas para mujeres que les permitiría prolongar su autonomía. New Ground es un modelo de cohousing para mujeres mayores. Una comunidad de 25 viviendas comunes y autogestionadas por las residentes. La organización Older Women Cohousing (OWCH) de la que surgió este proyecto, y su fundadora Shirley Meredeen cuenta que: “Vivir aquí mantiene mi cerebro en funcionamiento. Todas somos muy activas y además hay muchas cosas que hacer… lo cual nos beneficia mental, social y físicamente”. En este sentido, con esta propuesta se transforma el envejecimiento y las formas discursivas en las que se ha moldeado a otro sentido: mucho más político, social y placentero. Y, por tanto, resiste contra el aislamiento, la depresión y los problemas de salud asociados a la soledad. Es importante decir que una es en sus contextos y situaciones. No es posible comparar las vidas de británicas con las vidas latinoamericanas. Sin embargo, este ejemplo me lleva a una posibilidad distinta de pensar en vínculos cómplices, respetuosos y celebrados, y también por otras formas de resignificar el cuidado desde lo comunitario.


Muchas veces lo primero que pensamos cuando nos dicen ‘cuidar’ lo llevamos a unas tareas específicas: cambiar pañales, dar el tetero al bebé o alimentar al adulto mayor. Llevando consigo la idea de que el cuidado es una carga, y claro, es un trabajo poco remunerado. Pero qué pasaría si pensamos el cuidado desde otro lugar como parte de nuestra práctica habitual y un actuar placentero. El hecho de que a través de acciones de otras personas nos sintamos queridas; es decir, cuidar también es tener una conversación, reir, ver una película, aprender y comer juntxs, abrazar y saber que existen personas que te quieren, aprecian y admiran; simplemente es conformar un red de afectos duraderos que necesitan un poco de agua para florecer.


La amistad también se construye en el barrio. Los espacios comunitarios como el CEP Chipacuy podrían ser una de las apuestas del amor comunitario con su ternura, sus tensiones y sus ganas por transformar. Son lugares en la ciudad que permiten lo que estamos perdiendo como sociedad: las interacciones con lxs otrxs, y el disfrute de la compañía. Y, nos brinda una luz sobre cómo sostenernos y ver el cuidado desde el placer, el alimento, el aprender de otrxs, materializar proyectos y sueños, y sobre todo, gozar la FIESTA, y así, me atrevo a declarar que es la salvación de esta nueva pandemia. La fiesta es un espacio político en el que las corporalidades se desconectan de la rutina y se encuentran con lxs otrxs desde el baile, unos cuantos tragos, besos con amigxs, escuchar música y tener conversaciones al azar; es donde podemos sentir emancipación.


En esta nueva aventura, en la que estoy ahora, observo y recorro las calles de Bilbao, País Vasco. Una de mis sorpresas, es ver la cantidad de personas mayores por las calles, los bares, el cine y todos los escenarios de esta ciudad. Es habitual ver a la 1 de la mañana mujeres entre 60, 70, 80 años en un bus luego de compartir unas cuantas conversaciones en un bar. Aquí la cultura del bar es muy fuerte. Todo el tiempo están abiertos, puedes tomar cervezas con o sin alcohol, y comer varios pintxos. Y, claro que me encantaría socializar en mi vejez. Pues esta ciudad le da un lugar digno a las personas mayores, la palabra ACCESIBILIDAD está en todas partes, desde subir una calle muy pero muy empinada con ayuda de un ascensor, unas escaleras y rampas eléctricas. Esto, claro que les permite la sociabilidad y tener un poco más de autonomía. Entre otras derivaciones económicas como su jubilación y otros beneficios como el sistema de transporte que promueven un buen vivir. PERO si pensamos en las calles de Bogotá o cualquier pueblo de Colombia puede ser imposible moverse en silla de ruedas o con un bastón en la mano. Y, por ende, muchas veces, puede ser una de las razones por las que vemos a nuestrxs abuelxs en casa, porque la calle se convierte en una odisea.


Mientras le daba vueltas a la escritura de esta columna, decidí ir a un encuentro de jóvenes en el que el tema era precisamente la vejez, y la primera pregunta fue: ¿cuál es el miedo más grande que tenemos cuando lleguemos a viejxs? Algunxs respondimos: la soledad. Pero ustedes sabían que la tasa es aún mayor en los adolescentes y adultos jóvenes. Por este motivo, es de suma urgencia colocar en el centro la conexión afectiva desde ahora. Tú salud mental y física te lo agradecerán. Acá les comparto una recomendación: ‘Vivir 100 años: los secretos de las zonas azules’, una serie documental que muestra cómo el escritor Dan Buettner viaja por el mundo para encontrar pistas sobre la longevidad, y entre los episodios hay una pista en común y muy simple: la sociabilidad y vivir en comunidad aparecen como una de las razones por las que muchas personas viven más tiempo porque su salud física y mental se benefician.


La verdadera revolución es transformar las maneras en cómo amamos, deseamos y cuidamos. Luego de atravesar el océano atlántico y después de 3 meses lejos de mi territorio, tuve que darme cuenta que al estar lejos de mis afectos son quienes cobran sentido a mi vida. Ahora soy la intensa del nuevo grupo de WhatsApp, y por supuesto, no soy la única, cada tanto nos enviamos mensajes de los eventos culturales que hay en la ciudad para acompañarnos, porque también es posible intentar nuevos afectos en otros territorios así sean pasajeros pero que posiblemente podrían ser significativos en este nuevo camino. ¿Qué estamos haciendo para morir acompañadxs? ¿Cómo construimos y tejemos afectos duraderos? ¿Crees que el amor es una experiencia vital? Son preguntas que dejo al aire para (re) pensarnos.

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