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CARTAS DE AMOR.

Jueves 29 de febrero del 2024.

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QUERIDO AMOR …

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Una vez más te pido disculpas, no sé si es muy egoísta de mi parte volver a escribirte, quería cumplir y darte el tiempo y espacio que necesitas, pero la intranquilidad de que no tengas una última parte de mí no abandonará mi cuerpo. Pretendo que este sea el último contacto de mi parte y la decisión de hacerlo por este medio se debe a lo romantizada que tengo esta fecha, pues la veo como la oportunidad de decirte todo aquello que tal vez después no pueda.

Quiero empezar diciendo que contigo entendí la clave de cuidarme, de amarme y sostenerme. Contigo conocí mi espalda y ya no me disgusta. Gracias a ti soy más consciente de mis pies. Por ti perdí el miedo a cortarme el cabello. Contigo comí demasiado arroz chino, tanto; que ahora no existe el arroz chino sin ti recorriendo cada rincón de mi mente. Contigo amaba mis imperfecciones. Contigo fui mi versión más vulnerable y desde allí posicionada entendí lo frágil del ser y el sentir. 

Trato de convencerme que ya fuimos, que no habrá un nosotros nunca más, que te he perdido y eventualmente te olvidarás de mí. Me resisto a la idea y cada mañana; de camino a la estación a colarme, pienso en ti y desde el fondo de mis entrañas le pido a la madre, al universo, a la vida, al destino… sentir tu calidez, tener tu respiración mezclada con la mía y los pies en continuo contacto. Eternamente.

Debes saber, que hay textos a tu nombre, que seguramente tu recuerdo estará plasmado en las hojas de mi cuaderno acompañando los garabatos en mis momentos de “inspiración”. Mi libreta guarda los desastres internos con los que cargo, las culpas y dolencias, también guarda el anhelo de volver a verte y la desilusión de que no sea así.

 

Tal vez no ha pasado tanto tiempo, apenas 26 días; en los que la comida se siente como lija, en los que la cama parece ser el único refugio, 26 días que se sintieron infinitos, que se quedaron enredados en el tiempo; dónde la mera existencia se tornó tormentosa. Las nueve de la mañana se volvieron razón para pensarte, una vez más aquella ventana abandonada se abre y deja entrar un chiflón de aire que abraza mi corazón y desordena las pocas cosas que había acomodado. Las nueve de la mañana son el recordatorio diario de que no amanecí a tu lado. 

Mis pies volverán a congelarse, volviendo a ser solo los que me sostienen y no los que recorrían cada centímetro de tus piernas. Y es que la idea de volver a ser extraños en la vida del otro me hace sentir que saldré corriendo en cualquier momento, todo me genera nostalgia, la desolación acompaña la inmensa agonía de existir sin ti, aun teniendo mucho de ti en mí. 

No puedo evitar hacerle preguntas al cosmos, dime querido cosmos, ¿acaso no volveré a escampar en su terraza?, ¿no volveremos a pedir el combo de costillas y lumpia?, ¿hasta cuándo su ausencia me invadirá de culpa?, ¿acaso pensará en mi cada que se ponga los zapatos?, ¿mi recuerdo también lo visita en las noches y acompaña sus madrugadas?  El cielo nocturno, el frío y los zancudos son testigos de la sequía de mis ojos y lo incapaces que son de volver a brillar. 

La verdad es que podría escribirte eternamente, pero en algún momento debo soltarte. Empieza a parecer una despedida y es lo último que quería hacer.

Ni siquiera sé si realmente haga llegar este monólogo a su destinatario, tampoco sé si sea bien recibida, o si será leída y comprendida cada coma entre frases. No sé, simplemente no sé qué pueda pasar después de este intento de declaración. 

Y declaro, en esta intención que pongo al escribirte, que te amo.

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- Zahayra.

Filo


He pensado mucho en escribirte una carta. Quizá ahora, desde Montería, todo luce distinto. El Sinú hoy me dijo que te perdone, que fluya con la vida, pero qué va. Yo soy arisca y asíquiero permanecer. A veces des-oír, hasta al mismísimo Sinú, es un acto de valentía.


Últimamente pienso mucho en las cartas. Estoy iniciando un ejercicio epistolar con amigos y desconocidos de varios lugares del país. Unos son del club de lectura Tifón Caribe, que es el que me tiene, hoy aquí, escribiendo desde el aeropuerto de Montería. Otros, son amigos y desconocidos íntimos de redes sociales: de Yopal, de Puerto Carreño, de Putumayo. Dos son de Bogotá y estás tú, que eres una marca dolorosa en el mapa, por allá por Santander. Casi casi un ente. Incluso, sé, que no te escribo a ti porque ya no me interesas como persona, sino me interesa tu figura de remitente abstracto, un recibidor de todas mis palabras sin filtro; sin juicio.


Pero como humana, sé que de manera extraña, todavía compartimos hálito y país. Y sector. Quizá hasta código CIIU. Sé que te voy a ver pronto y nos encontraremos, quizá, incómoda y torpemente: en esos eventos que convocan a gente con las mismas pasiones, los mismos sueños, los mismos (incluso, qué lástima) limitantes del arte y la cultura de este país. Ya no soñamos porque soñar en este país es difícil. Y en monogamia, peor. Las posesiones todo lo tergiversan. Bajo el control, todo pierde luz. El amor se amorfa, caduca, se malversa.


¿Será ese el fluir natural del encuentro: el nudo? Todo se enredó y no quedó más que una baba espesa, dificultosa, que no dio ni para decir: ok, te perdono, porque eres imperfecto como yo; humano. Qué sé yo. Baba y río me piden perdonar, pero yo quiero es venganza.


¡Ja! Lo gracioso es que tú y yo llevamos rato encontrándonos en distintas ciudades. Nuestra relación-no-relación-ya podría cartografiarse. Unir los puntos en el mapa sería un mero acto de masoquismo pero tú y yo sabemos que firmamos en cada lista de cada evento de Min Cultura. A veces, juro, se tensa el aire y no solo yo lo siento: la gente tose, carraspea; por nuestra culpa. Ahora viene FilCali y yo seré anfitriona del evento. ¿Saldrás del auditorio cuando me presenten?


Voy a ponerme la falda con abertura que usé la última vez que nos vimos. Voy a llevar en mi billetera ese último tiquete de Copetrán, trayecto Bogotá-Piedecuesta. ¿Recuerdas? La última canción que puse: El Caníbal de Edson Velandia. Todas las capas de significado posible te aplastaron esa noche. El arte se construye tan bien con esas coincidencias. ¡Suerte para mí que escribo!, ¡suerte para ti que haces canciones!


Todavía no eres tan famoso y no he escuchado tu canción en la radio. Seguro vas a tocarte una en el Conversatorio. Lleva la guacharaca que te regalaron en el monte. Empaca tus amuletos de siempre y ojalá la camiseta del bucaramanguita. Que tu dios se apiade de ti porque tengo mucha sed y mi lengua tiene filo.

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Ximena Martínez.

Eliann Buitrago

Desde: Muy Lejano -10/09/2025

 

Carta a mi Amor.

 

He visto mi amor como si estuviera desde un avión: las imágenes se vuelven chiquitas, los rostros lejanos y solo queda un gran paisaje en el que me veo amando de muchas maneras.

 

A mi amor adolescente, admirable, en el que sin temor a ser una niña mujer, me le acerqué al chico más guapo del colegio para decirle que me gustaba. Desde ahí descubrí que nunca tuve miedo a tomar la iniciativa; mi problema de ahí en adelante sería escoger a las personas equivocadas.

 

Mis primeros amores, encantadores e intensos, llenos de viajes y calles, en los que le agarré gusto a la política y a la lectura de novelas. Pero también en ellos aprendí sobre la traición y me quedaría la huella de los celos, algo de lo que me avergonzaría por querer hacer parte del club de las mujeres modernas.

 

Lo mejor de todo fue conocer otro tipo de amor en la universidad. Nunca pensé que me enamoraría de todas mis amigas y amigos, tanto así que quería bailarles, escuchar todo lo que decían o escribían. Quería estar donde ellos se metían, me fui en bicicleta a sus localidades, recé sus novenas familiares, hasta casi me los como "afortunadamente nunca pasó".

 

A mis amigues les amé tanto que hasta ahora es mi "tusa" grande, pues entendí que la amistad también se va. Aunque no se trata de abandono, sino de un mundo que gira y trae consigo pandemias, en las que se impone la soledad y la distancia como la mayor norma de forma de vida.

 

Entonces volví a lo "hetero del amor". Yo le digo amor, porque a mis novios les digo "¡Amor, ven!", "¿Cómo estás, amor?". En el fondo no sé qué significa la palabra, pero se vuelve el apellido de mis relaciones hetero. En fin, no quiero hablar de mis relaciones porque tal vez descubramos que no fue amor, sin negar que también me divertí.

 

Pero sí tengo un secreto: alguien de quien me enamoré, alguien a quien nunca le dije "amor". Esta persona es de las pocas que conoció mi casa antigua, por lo que pertenece, al igual que mi casa, a un pequeño tesoro que tengo dentro de mí, junto con mi biblioteca y mi altar de música. También conservo el recuerdo del día más divertido en que fuimos niñas jugando en una silla de ruedas, entre los pasillos de un lugar silencioso.

 

A veces pienso que eso sí fue amor, porque fue de las únicas veces que decidí soltar, no esperé nada a cambio. Entendí que la persona tenía un amor más lindo que el mío y dejé que todo fuera furtivo, ligero. Es por eso que ahora somos dos "alguien" que se encuentran a veces para reírse o hablar de cosas profundas; es por eso por lo que amo al que no fue mi amor.

 

Por último, aquí va un amor extraño: amo a mi madre. La amo, aunque alguna vez fue mala madre (yo también lo sería si tuviera hijos). La amo porque la vi crecer y porque hablamos como amigas. Ella aprendió a ser madre y amiga, y yo, hija y amiga chismosa. La amo con todos los perros que nos trajimos a casa, con los juegos y apodos que nos inventamos para ellos. La amo porque me cosechó un camino con su propia rebeldía, en el que ella podía ser feliz e independiente y yo también.

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Te conozco desde que yo era pequeñita, me sostenías en las tardes bajo el sol. 

Tú ya eras grande y cargabas harto relato. Me acuerdo de tus tierras campesinas, fértiles y llenas de plantas y animales. Antes de que yo naciera, había lagunas con pez capitán, culebras y chuchas. 

Ha pasado el tiempo y nos hemos visto cambiar, yo he ido y vuelto, tú sigues aquí. Aún me sostienes algunas tardes bajo el sol. 

Mientras me viste crecer, adolescente y soñadora, yo te vi endurecerte, casi que sacando costra de tanto que te han magullado. Tus praderas de flores y bosques encantadores se han vuelto de puro cemento y las aves coloridas y cantadoras fueron reemplazadas por carros eléctricos de alta gama y perritos que no saben lo que es un bosque.

Aun así, sigues siendo tú, Casa Blanca, loma de Suba. 

No sé cómo explicarlo, pero tu alma no muere. La han demolido y construido, eso sí. Y yo siento que mi corazón late en el núcleo de tu montaña, que mis raíces están aquí. 

Viste crecer a mi papá y a sus hermanos, recibiste a mi abuelo y le diste hogar. A todas y todos nos has sostenido en las tardes bajo el sol. 

Espero que tanta cosa, de esa que llaman desarrollo, no te apague las tardes bajo el sol. Espero que tu espíritu, biodiverso y campesino, no sea ocultado detrás de un cajero automático.

Hace un poco más de un año conocí a un pelado. Nos enamoramos aquí, una tarde bajo el sol. 

También viste crecer a su papá, a sus hermanos y abuelos. También recibiste a su abuela y le diste hogar. Mientras tú y yo recibimos los amaneceres, con el canto del toche y el cucarachero, ustedes recibieron los atardeceres, con el vuelo de las golondrinas. 

Ahora, pelado y pelada, recorremos tus caminos y recuerdos, amándote infinitamente. Esperamos que no nos olvides cuando ya no estemos. Esperemos que no te olviden cuando ya no estemos.

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Tuya, 

Antonia.

Carta de una bogotana ghosteada.

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Tengo 27 años, vivo en Bogotá y escribo esto porque estoy cansada de quedarme callada. Cansada de darle vueltas en mi cabeza a una historia que, aunque corta, me dejó marcada.

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Lo conocí en una fiesta en Chapinero, de esas noches en las que no planeas nada y de repente todo cambia. Se acercó con una seguridad que desarmaba y me dijo: “¿te invito una cerveza?”. Sonaba a cliché, pero funcionó. Desde ahí empezamos a hablar, y poco a poco me fue conquistando con mensajes diarios, audios inesperados y planes que sonaban a futuro.

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Salimos varias veces: caminatas por la Candelaria, un café en Usaquén, hasta un cine en domingo lluvioso. Ese día, cuando me tomó de la mano, sentí que podía confiar, que no era solo un pasatiempo. Y fue justo entonces, cuando más me ilusioné, que ocurrió lo inesperado: la desaparición.

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Un martes, después de despedirnos, me dijo: “escríbeme cuando llegues a casa”. Yo lo hice. Nunca respondió. Ni al día siguiente, ni la semana siguiente, ni nunca más. De un momento a otro, se convirtió en silencio.

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Al principio pensé que algo grave le había pasado. Luego me pregunté si había dicho algo mal, si fui demasiado intensa, si había algo en mí que lo espantara. Pero con los días entendí que no. No era yo. Era él. Su cobardía. Su incapacidad de decir de frente “ya no quiero nada”.

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Ese ghosteo me llenó de rabia, de incertidumbre, de frustración. Porque una cosa es que no quieras seguir, y otra muy distinta es desaparecer como si la otra persona no valiera ni una explicación. Y duele, claro que duele. Pero también me dio poder.

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Porque hoy sé que no soy yo la que pierde. Yo me quedo con la honestidad, con la capacidad de ilusionarme, con el valor de sentir sin miedo. Él se queda con su vacío y su huida fácil.

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Por eso lo cuento aquí, porque sé que no soy la única. A muchas nos han hecho lo mismo, y a veces creemos que la culpa es nuestra. No lo es. Ghostear es la salida fácil de los que no saben enfrentar la verdad.

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Y a mis 27, en esta ciudad que nunca duerme, prefiero un despecho honesto que la sombra de un hombre incapaz de mirarme a los ojos.

A quien más amo y más disfruto. 

 

Me encanta esa expresión de picardía que se dibuja en mi rostro cuando pienso, deseo recuerdo y fantaseo con empezar un ritual que siempre había tenido comas, pero no punto final. Contigo literalmente descubro que cada final es un nuevo comienzo ❤️‍🔥 Con alegría encontré que el camino de la seducción lo elaboro yo, en tu compañía… tú contemplas, te cautivas, observas y complaces. En este sendero, soy yo quien va primero.

 

El placer del cuerpo femenino se ha sabido castigar desde no sé hace cuánto, y no sé cuántas ancestras no tuvieron más que el miedo y el auto rechazo como pan de cada día. Hace tiempo He debido indagar para conseguir disfrutarme sin ropa, sin culpa, sin reproche, sin peros sin pena y sin tabú. Para lograr por fin, Hacerme mía. 

Reconozco que has sido una parte considerable al encontrar mis puntos más excitantes, y la forma en que lo haces es fascinante, tu creatividad para estimularme justo donde más me gusta, como me gusta. Y cuando me gusta.

No sería posible si yo, por mi cuenta propia no estuviese en conexión con mi más suave, caótica, inquieta, curiosa, atrevida energía de seduccion que le impregno a cada actividad que realizo en el día a día, donde la sensibilidad de sentir mi propia piel y recorrerla con determinación, con dignidad, con orgullo y saberme deliciosa, es la garantía de satisfacción propia que tanto quería. 

 

Entender que no te hago mi mundo, sino que he creado mi propio universo en el cual algunas veces elijo que hagas parte, me da la perspectiva correcta. Me da un poder incalculable.

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Primera carta de amor

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Mi amor, 

Diosa del olimpo, 

Creatura del bosque soberano…


 

He vacilado mucho 

Antes de escribirte estas letras,

Pero el amor que te profeso,

Es más grande que mis vacilaciones,

O tal vez, que mi temor de tu rechazo.


 

Pero como no amarte,

Si eres un poema de belleza y feminidad,

Tus ojos, son dos luceros, 

En noche invernal.


 

Tu cabello, es cascado en la noche, 

Que bañan tus hombros,

Tu voz, suave y aterciopelada,

Es como flor del trópico,

Exuberante y embriagadora.


 

Cuantas veces descubrí,

En el brillo de tus ojos,

Tu amor de mujer, y yo,

Como una esfinge de piedra,

Permanecía impávido contemplándote,

Como la luna  contempla,

La inmensidad del mar.


 

Adiós pues amada mía,

No volveré a reclamar tu sonrisa,

Ni a buscar tus ojos,

Sino a besar tus labios,

Y a estrechar tú talle.

 

Atte.,

El amor de tu vida.

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